Formación

Habla, Señor: Domingo XIV del Tiempo Ordinario (3 de julio de 2022)


Primera Lectura: Isaías 66,10-14

Los poetas, casi siempre son profetas y los profetas siempre son grandes poetas; Isaías es una prueba de esto, su obra nos ofrece varios poemas memorables como este que hoy lo meditamos.

El libro de “La Consolación”, comienza con el hermoso poema en que Dios llama a su pueblo a ser artífice del consuelo; ahora al concluir su obra, con otro poema invita a compartir la alegría con ese pueblo consolado.

El pasaje es un ferviente canto a la alegría compartida, el versículo diez tres veces –y según el modo de traducción cuatro– invita al gozo, la primera es una llamada en general: “alégrense con Jerusalén”, la segunda particulariza esta invitación “gocen con ella todos los que la aman; la tercera mantiene la particularidad del llamado, a la vez que señala la razón: “alégrense de su alegría” los que lloraron su pasión. El fin de la llamada a la alegría es: “para que se alimenten de sus pechos, se llenen de sus consuelos y se deleiten de la abundancia de su gloria”.

En el párrafo siguiente, el Señor da la razón por la que hay que compartir la alegría y gozar de los bienes que ella trae consigo; es el Señor quien “hace brotar como un río la paz”, Él es quien hace desbordar la gloria (justicia, esplendor, armonía…) de las naciones. Esta acción desbordante y gratuita de Dios, sólo puede compararse con la tierna y diligente entrega de una madre que alza a su hijo sobre sus rodillas, lo acaricia y consuela, sin esperar nada más que el niño se sienta reconfortado y coja nuevos ímpetus de vida y alegría.

Al contemplar la acción de Dios en su pueblo y los frutos de su gracia, será grande la alegría, su fortaleza será bella y fragante como un prado, y toda la humanidad reconocerá el poder consolador de Dios que llena paz y colma de alegría.

Segunda Lectura: Gálatas 6,14-18

El temperamento discipular de san Pablo atraviesa todos los estados posibles, desde el temple de un guerrero, la racionalidad de un catedrático y la inocencia de un niño; ícono de esto es lo que aquí escribe a los gálatas. Su única gloria es la cruz del Señor y su mayor conquista es lo que el mundo considera un fracaso.

La cruz del Señor es luz y sendero de sus pasos, reniega de todo aquello o aquellos que puedan entorpecer su derrotero triunfal; en su cuerpo malherido se recrean y lleva marcados los rastros de esa cruz que lo anima a seguir andando y deseando la paz de Cristo el Señor.

Evangelio: Lucas 10,1-12.17-20

La misión es la obra evangelizadora del Señor por medio de su Iglesia, la llamada y envío de Jesús a los setenta y dos trasluce esta verdad. La misión es el fruto de la mirada de Dios, nace de la escucha al Señor y de la oración de su pueblo; la amplitud, diversidad y hostilidad de los “campos”, requiere del auxilio del Señor, de la constante oración y generosidad de sus discípulos.

La misión prescinde de todo aquello que no sea el mensaje que se lleva; no hace falta el poder del dinero, la fuerza es el Evangelio; no hacen faltas las jabas porque no hay por qué pensar en lo que pueda faltar para el camino, porque al decir del Salmo “el Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz… me ha tocado un lugar de delicias y estoy contento con mi herencia” (Sal 15, 5-6), tampoco son necesarias las sandalias porque, Él guía por el recto sendero y aunque se camine por quebradas oscuras su vara y su cayado los protegen (Sal 22,3.4) y porque los ángeles del Señor les cuidarán para que sus pies no tropiecen en el camino (Sal 90,12).

La misión es anuncio y deseo de paz para las familias y el mundo entero, es comunión y salud para los enfermos, pero por, sobre todo, es anuncio de la presencia del Reino de Dios en medio de su pueblo.

¡La misión, siempre llena de alegría! Por eso, escuchemos su llamada y aceptemos su envío.

© 2015 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Todos los derechos reservados