Formación

Habla, Señor: Solemnidad de la Santísima Trinidad (12 de junio de 2022)


Primera Lectura: Proverbios 8,22-31

Dios, no abarrota el corazón ni el entendimiento de sus hijos, sino que a medida que éstos van creciendo en espíritu y sabiduría les va revelando el misterio de su amor y de su ser, mejor dicho, de su SER-AMOR. El Autor de los libros de los Proverbios, aunque se distancia del sabio y humilde reconocimiento de Pitágoras: “sabios son los dioses”, no alcanza la profundidad y resplandor de la enseñanza paulina: Cristo crucificado es fuerza y sabiduría de Dios. Personifica a la sabiduría, es decir le atribuye acciones y cualidades humanas, pero aún no llega a identificarla con una persona como lo hace san Pablo en su disertación a los Corintios.

El poema presenta a la sabiduría como una virtud eterna, presente desde el principio, ante de la creación del universo; su concepción y nacimiento es anterior al tiempo y al espacio, ella estaba presente en cada hecho creador (de los abismos, nubes, océanos…) como la arquitecta junto al Creador que colocaba a cada cosa en su sitio; ella era su alegría cotidiana, se recreaba jugando con toda la creación y su delicia era disfrutar con toda la humanidad.

San Juan, en el prólogo de su evangelio, nos mostrará que la Sabiduría que siempre estaba junto a Dios, no sólo estaba con Él en el momento de la creación, sino que todas las cosas fueron creadas por medio de Ella, porque en Ella estaba la vida; la Sabiduría de Dios, es su Palabra y su Palabra encarnada es Jesús, nuestro Señor y Salvador. 

Segunda Lectura: Romanos 5,1-5

En su carta a los Gálatas, el Apóstol, nos enseña que, entre los frutos del Espíritu Santo, está la alegría, esa alegría que, al decir del Señor, nadie puede arrebatar a sus discípulos; esta es la alegría de tener la esperanza de participar de la gloria de Dios.

El Espíritu Santo no nos exime de los sufrimientos, pero nos da la perseverancia que permite sobreponernos a ellos sin perder la alegría; alegría en el Señor que nos da la fuerza de la esperanza inquebrantable que no defrauda, porque el mismo Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que es el Señor, dador de vida, consuelo, fortaleza y abogado nuestro.

Evangelio: Juan 16,12-15

El Discípulo amado, destaca las palabras de Jesús que manifiestan la profunda y eterna intimidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y como cada una de las Personas divinas tienen un tiempo oportuno y una misión particular mientras se “teje” la Historia de salvación de la humanidad: ahora comienza el tiempo del Espíritu Santo.

El Padre creador, de diferentes maneras habló y preparó a su pueblo para recibir al Salvador, que al cumplirse la plenitud de los tiempos se encarnó en nuestra Madre, la Virgen María. Nuestro Redentor y Salvador vino al mundo a hacer la voluntad del Padre, con gestos y palabras hizo evidente el Reino, y particularmente, con su entrega en la cruz mostró su rostro lleno de amor, de misericordia y clemencia. De ahora en adelante, es el Espíritu Santo quien llevará a plenitud la obra iniciada por Jesús.

La comunión plena en el amor de Dios, es plena comunión en la misión; Jesús en su momento confesaba abiertamente, que las palabras que él pronunciaba no eran propias sino del Padre y que el Espíritu Santo, que el Padre enviaría en su nombre, haría memoria de ellas y las enseñaría (Jn 14,24-26). Ahora, el Señor insiste en que, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, que guía para que se pueda comprender la verdad plena; así como Jesús enseñó lo que aprendió del Padre, el Espíritu, también dirá todo lo que escuchó de Jesús y que todo lo que revele a lo largo de la historia, lo recibió de Él.

Al celebrar la Fiesta Grande de la Santísima Trinidad imploremos con toda la Iglesia que el Señor nos conceda la gracia de reconocer la gloria de la eterna Trinidad y que, adoremos la unidad de su unidad omnipotente en el amor y la humildad.

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