Formación

Habla, Señor: Solemnidad de Pentecostés (5 de junio de 2022)


Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

Pentecostés es la fiesta de los frutos del Espíritu Santo, no son frutos de temporada, sino que se dan a cada instante de la vida; sin embargo, para cosecharlo es necesario cultivar algunas actitudes, tal como nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. El primer componente que no puede faltar es la comunión (estaban reunidos) y perseverancia en la oración (Hch 1,14); actitud de escucha a la voz del Espíritu (se escuchó); capacidad de ver su manifestación (aparecieron lenguas como de fuego) y apertura de corazón para que el Espíritu Santo se pose sobre uno y lo llene de su gracia. Gracia que despierta el idioma del amor que yace en cada corazón y les permite hablar con gratitud, alegría, claridad.

La acción del Espíritu Santo trasciende las fronteras de la comunidad, resuena en el corazón y convoca al encuentro a todas las personas dispuestas a escucharla; al mismo tiempo lo desconcierta, produce admiración y genera interrogantes: ¿Cómo es posible que esos galileos de “poca escuela” hablen el idioma de doce pueblos, tres regiones lejanas y hasta la de los forasteros romanos? ¿Cómo es posible que todos les escuchen hablar de las maravillas de Dios en su propio idioma? Preguntas que, años más tarde, las responderá un hombre de “buena escuela” y gran sabiduría: “Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado” (1Cor 13,1.8). Diecinueve siglos más tarde, san José Freinademetz, en un nuevo “Pentecostés asiático” afirmará: “El amor es el único idioma que entienden los chinos”.

El Espíritu Santo nos explica todo y nos hace hablar de las maravillas de Dios. Abrámonos a su acción y con toda la Iglesia imploremos: ¡Ven Espíritu Santo y enciende en nosotros el fuego de tu amor!

Segunda Lectura: 1 Corintios 12,3-7.12-13

Con razón rezamos: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida que procede del Padre y del Hijo”; Él es el alma de la Iglesia. Sin Él ni siquiera podríamos reconocer a Jesús como nuestro Señor y al Padre como el Hacedor de todo lo creado.

San Pablo, en esta exhortación trasluce el misterio de la Santísima Trinidad; los dones son varios, pero todos provienen del mismo Espíritu Santo, asimismo, los servicios son muchos, pero el Servidor por antonomasia es el Señor que sanó, dio de comer… lavó los pies, murió y resucitó por nosotros. Hoy la creación se recrea mediante diferentes actividades, pero es “Dios quien lo hace todo en todos”.

El Espíritu Santo se manifiesta en cada uno y en la historia para el bien de todos, haciendo de la humanidad un cuerpo sin distinción de nacionalidad, cultura o condición social; en Él hemos sido bautizado y de Él bebemos en el mismo “vaso” de su gracia.

Evangelio: Juan 20,19-23

La presencia de Jesús resucitado devuelve la paz, la certeza de su resurrección llena de alegría a los discípulos; la palabra del Señor resucitado les envía haciéndoles partícipes de la misión que el Padre le había encomendado y el Espíritu Santo es quién les da la potestad para poder realizarla.

Al sentar las bases misioneras los Padres conciliares nos enseñan: “La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan del Padre.

Este designio dimana del ‘amor fontal’ o caridad de Dios Padre, que, siendo principio sin principio del que es engendrado el Hijo y del que procede el Espíritu Santo, creándonos libremente por su bondad excesiva y misericordia y llamándonos además por pura gracia a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con libertad y no deja de difundir la bondad divina, de modo que el Creador de todas las cosas se hace por fin todo en todas las cosas (1 Cor 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad. Quiso Dios llamar a los hombres no sólo individualmente, sin ninguna conexión mutua, sino constituirlos en un pueblo en el que sus hijos, que estaban dispersos, sean congregados en uno” (AG 2).

En el día de Pentecostés renovemos nuestra vocación discipular y mandato misionero.

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