Formación

Habla, Señor: III Domingo de Pascua (1 de mayo de 2022)


La celebración pascual, no sólo comienza con el “Pregón de la alegría”, sino que toda ella es un anuncio jubilar; la celebración eucarística de hoy da fe de esto. La antífona de entrada tomada del Salmo 65 convoca a toda la tierra a aclamar a Dios con himnos de alabanzas y gratitud. La “Oración Colecta” pide al Señor que su pueblo se regocije siempre al verse “nuevo” para que, al sentirse nuevamente hijo de Dios, espere con gozosa esperanza el día de la resurrección; el Salmo 29 (responsorial) ratifica y ahonda este justo y alegre pregón. La oración sobre las Ofrendas, no se aparta de esta línea y humildemente pide al Señor que reciba los dones que su Iglesia le ofrece llena de júbilo y, como Él es su alegría, le conceda la felicidad eterna. 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5,27-32.40-41

Pentecostés echó a andar la Buena Noticia de Jesús resucitado que, por entonces, ya era imposible detenerla; el Sumo Sacerdote inconscientemente reconoce que sus palabras no tienen ningún tipo de autoridad sobre los apóstoles que, acatando al mandato del Señor, hacen caso omiso a sus órdenes y aún más, son sus fiscales que los acusan de la muerte de Jesús.

La respuesta de Pedro y de los demás discípulos, en ningún momento pone en tela de juicio la autoridad del Sumo Sacerdote, ni del Sanedrín, sino que coloca las cosas en su justo lugar: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”. A “punto seguido”, les confrontan su proceder y el de Dios para con Jesús: ustedes lo mataron colgándolo de la cruz y Dios lo exaltó y lo hizo Jefe y Salvador. El Sumo Sacerdote, les endilga su acusación y los convierte en sus fiscales, sin embargo, la respuesta apostólica, tiene otro parecer y, que es el verdadero: ellos y el Espíritu Santo son testigos de la muerte de Jesús en manos del sanedrín y sus secuaces, como también de la exaltación divina que lo ratifica como su Mesías.

El Sanedrín al encontrarse vacío de argumentos veraces, o al menos razonables, apeló a la vieja y actual técnica prepotente, autoritaria y represiva: los mandaron a azotar y les prohibieron hablar en nombre de la Verdad. Los apóstoles, por su parte, siguieron el camino de la Verdad que los llenó de la felicidad que pertenece a los que sufren por Jesús y su Buena Noticia.

Hoy como nunca, debemos tener claro el criterio, y proceder conforme al mandato apostólico: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”.  

Segunda Lectura: Apocalipsis 5,11-14

El breve himno cantado a coro por los ángeles del cielo y todos los seres creados del cielo, la tierra y el mar, exaltan la dignidad superlativa del Cordero inmolado; toda la creación canta el honor, la gloria y el poder de Jesús muerto y resucitado que reina sentado a la derecha del Padre.

Evangelio: Juan 21,1-19

La experiencia pascual no está exenta de crisis, lo vivido por Pedro y de los demás discípulos expresa una de ellas: la incertidumbre y esa “des-sazón” que trae consigo la tentación de abandonar el camino y volver a lo mismo de antes. Los dos encuentros anteriores con Jesús resucitado, parece haber gustado nada capaz de erradicar la amargura que la cruz y la muerte plantó en sus corazones; Pedro y todos los demás, vuelven a lo mismo de antes, los pescadores regresan al Mar de Galilea… y les pasó, lo que pasa siempre: cuando está mal el corazón, todo sale mal; pasaron “una mala noche” y no pescaron nada.

Al amanecer, cuando ya podían ver el despertar del nuevo día, Jesús sale a su encuentro, pero ellos aún cegados por una nueva frustración, no lo reconocen; el Señor no lo saluda como antes: “la paz esté con ustedes”, sino con una provocación “¿Muchachos, pescaron algo?”, la respuesta ¡No!, no pudo ser más lacónica, cómo si lo dijeran “a este ‘no’ agrégalo lo que quieras”: no pescamos nada, no queremos hablar con nadie, no queremos que alguien nos vea, ¡No, no, no…! Pero el Señor que ya los vio y sabe cómo están sus corazones, les ratifica su predilección “echen la red a la derecha de la canoa” y les devuelve la esperanza “y encontrarán pescados” … así lo hicieron, pero todavía no tenían las fuerzas necesarias para halar una red con “tanto peso”.

El Discípulo Amado, aquel que fue el primero en llegar al sepulcro vacío, es el primero en reconocer al Señor, resucitado; pero es Pedro quien se pone la túnica y se lanza al agua. Todos arrastraron la canoa y saltan a tierra, pero es Pedro el que sube a ella y la arrastra hasta la orilla llena de pescados.

Jesús los invita a la mesa, ninguno le pregunta quién es pues ya saben que es el Señor el que pasó, bendijo y dio a comer de su pan y su pecado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado salió al encuentro de los suyos.

El tercer encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos, y con él, el Evangelio Juan, no pudo tener un final más enternecedor y lleno pujanza que el que tuvo: ante cada confesión de amor, el mandato a la misión de apacentar sus ovejas y corderos, y de cara a la misión, un nuevo llamado: ¡Sígueme! Y el Pecador devenido en pastor de su grey lo siguió hasta el final, hasta la cruz en la que cabeza abajo dio su vida por amor a su Amigo y para que los pueblos se reconozcan y vivan como hermanos.

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