Formación

Habla, Señor: II Domingo de Pascua (24 de abril de 2022)


Primera Lectura: Hecho de los Apóstoles 5,12-16

De la misma manera y con la misma misión que el Padre envió a Jesús a la tierra, el Señor envía a sus discípulos al mundo. Las páginas del libro de Los Hechos de los Apóstoles, abunda en testimonios de las acciones transformadoras y dadoras de vida que, desde el mismo día de Pentecostés ellos realizan; hoy se nos ofrece uno de éstos.

Al inicio, Lucas no menciona ningún milagro en particular, sí señala la abundancia y el lugar en que acontecían: “en medio del pueblo”; la misión apostólica, fiel al legado de Jesús, comienza a transformar la realidad. El despertar de la fe en Jesús resucitado se hace notorio y se expresa con diferentes matices de adhesión; por una parte, estaban los que no temían a nadie y se congregaban en el atrio oriental del Templo, y los más cautelosos que se mantenían a distancia, aunque unos y otros gozaban de la estima del pueblo.

El pasaje destaca la fuerza congregante y transformadora de la misión, la sola presencia apostólica es Buena Noticia que convoca, sana, libera de las ataduras del demonio y devuelve la cordura a la gente. A tal punto era eficaz esta presencia, que ponían a los enfermos en las plazas, “para que, cuando Pedro pasara al menos los rozara con su sombra”; esta imagen es una clara evocación al paso del Espíritu Santo que, lo que cubre con su sombra, sana, libera y da vida en abundancia.

Segunda Lectura: Apocalipsis 1,9-11ª.12-13-17-19

El Apocalipsis es el libro de la esperanza escrito en el “exilio”, Juan su autor, da fe de esto al manifestar que se hallaba desterrado en Patmos, “por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Cristo”. Es el Libro que debe llagar a toda la Iglesia, al referirse a las siete comunidades del Asia, indica que ninguna sola comunidad a lo largo y ancho de la tierra debe ignorar este mensaje. Es el Libro inundado de la “Luz plena” (siete lámparas) que emana del Resucitado.

Es el Libro que levanta a los caídos, que consuela y fortalece a los amigos de Dios; en una palabra, el Apocalipsis fue escrito para que el mundo sepa que Jesús resucitó y vive eternamente por los siglos de los siglos, y para que, tal como expresa su última frase: “la gracia del Señor Jesús esté con todos. ¡Amén!”.

Evangelio: Juan 20,19-31

Jesús resucitó en la noche del Primer día de la semana y cuando, se hizo la luz, fue a visitar a sus discípulos que aún estaban en tinieblas. La cruz los llenó de miedos que quebrantaron sus corazones y los confinó al encierro; pero Jesús resucitado que con las fuerzas del amor movió la piedra del sepulcro y salió glorioso de él, ahora abre la puerta de la casa en la que “hibernan” sus discípulos, les abre las puertas del corazón y los devuelve el alma al cuerpo.

Su saludo les devuelve la armonía y la alegría que la cruz y su muerte les había quitado; después de ratificar la certeza de su presencia mostrando las marcas de los clavos y de la lanzada, y de reiterarles el deseo de paz, les confía la misión; desde ese encuentro, la vida y misión de Jesús, es la misma vida y misión de sus discípulos. El mismo Espíritu Santo que descendió sobre Él en forma de paloma como señal inequívoca de su misión (Jn 1,32-34), es el que ahora les infunde a sus discípulos, dotándolos para que ellos puedan llevar adelante la misma misión que el Padre, a Él, le había confiado. 

Tomás es el ausente, no sabemos la razón de esta ausencia, lo que conocemos es su actitud frente al testimonio de sus condiscípulos: quiere tener la misma experiencia que ellos tuvieron; “si yo no veo lo mismo que vieron ustedes y más aún, si no los palpo, no lo creeré”. A cabo de una semana a “media luz”, el Señor vuelve a presentarse, les saluda de la misma manera que antes, se dirige a Tomás y le corresponde a su condición para creer en la resurrección; esta correspondencia es luz para su inteligencia y corazón que lo hace proclamar su fe: “Señor mío y Dios mío”. La respuesta de Jesús, no es meramente una reprimenda a Tomás, por, sobre todo, es el anuncio de que la fe, es la primera condición para ser bienaventurados.   

Al final ratifica la razón de su obra: se escribió para que el mundo crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo en Él tengan vida en su nombre.

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