Formación

Habla, Señor: Domingo de Pascua (17 de abril de 2022)


Primera Lectura: Hecho de los Apóstoles 10,34.37-43

Las palabras de Pedro se pueden resumir en esta frase: “de lo que ustedes saben, nosotros somos testigos”.

  • Dios ungió a Jesús con el poder del Espíritu Santo,
  • Él pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo,
  • esto fue posible porque Dios estaba con Él.

El testimonio apostólico, no se reduce al bien hecho por Jesús a lo largo de su vida pública, sino también a la injusta y cruenta muerte que tuvo que padecer colgado de la cruz; pero por, sobre todo, de su resurrección al tercer día. El testimonio de la resurrección, tiene un fundamento irrefutable: ellos comieron y bebieron con Jesús “después que resucitó de entre los muertos”.

Este discurso testimonial, al igual que todos los demás, responde al mandato de Jesús de anunciar al pueblo, que Dios lo constituyó juez de vivos y muertos; y que, en correspondencia con el testimonio antes dado por los profetas, todos los que creen en Jesús, por su mediación, reciben el perdón de los pecados.

Segunda Lectura: 1 Corintios 5,6-8

La invitación del Apóstol es a resucitar a una vida nueva, la resurrección de Cristo, da al discípulo la fuerza transformadora tanto de su propia vida como de la sociedad en la que está inserto. La resurrección los convierte en un nuevo pan, rico y sustancioso leudado con la fuerza de la sinceridad y de la verdad. La resurrección es verdad y Jesús es nuestra Verdad, Camino y Vida.

Evangelio: Juan 20,1-9

LA RESURRECCIÓN NO ES UN CUENTO, 

PERO AQUÍ TE PRESENTAMOS COMO TAL

Los que la vieron andar tan de prisa aquella madrugada, no dudaron en afirmar: Allí va la loca, antes del amanecer va a llorar por un crucificado. Y ¿sabes qué? tenían razón, la loca de amor iba a llorar por su amado; Por aquel que le devolvió el sentido de la vida y le dio razón para vivir amando.

En medio de la oscuridad vio la Luz, ya amanecida: la pesada piedra que lacraba el panteón había sido removida; no vio más que eso, pero “eso” era suficiente para ponerse a correr más de prisa hacia la casa en la que estaban Pedro y el Discípulo al que Jesús tanto amaba: corrió hasta la Iglesia aún estaba adormecida, la despertó, la levantó y la puso a correr en busca del Amado.

Los que los vieron correr a los dos, se preguntaron: ¿hacia dónde corren esos como locos? ¿irán también al panteón vacío?; tenían razón, hacia allá se dirigían. El joven corrió más rápido, el viejo un tanto lerdo y los dos llegaron a su tiempo; el joven esperó a que llegara el viejo que entró al sepulcro vació, vio la sábana en el suelo, pero el sudario que habían colocado sobre la cabeza del muerto, no estaban en el piso, sino doblado y aparte. Eso fue todo lo que vio, pero “eso” bastaba. Entró después el joven, que, al parecer, también vio todo “eso”; al ver creyó y comenzaron a comprender las Escrituras, según las cuales el Señor, debía resucitar de entre los muertos.

Hoy, a dos mil y tantos le preguntamos a la Amada: “¿Qué viste de camino, María en la mañana? Y ella nos recita emocionada … 

A mí Señor glorioso, 

la tumba abandonada, 

los ángeles testigos, 

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

 

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