Formación

Habla, Señor: Domingo de Ramos (10 de abril de 2022)


Primera Lectura: Isaías 50,4-7

En el Domingo de la Pasión del Señor, la Iglesia nos ofrece este hermoso pasaje para contemplar en él a nuestro Salvador que se ofrece por nuestra redención. Jesús, es el Siervo fiel que tiene palabras de vida eterna capaz de levantar a los que están tristes y abatidos. Es el Siervo obediente que cada mañana deja que el Señor le abra sus oídos, para poder escucharlo con atención y así responderle con fidelidad. Es el Servidor sufriente, que pese a todos los ultrajes y modos de violencia a los que está expuesto, no se deja amedrentar por nada ni se echa atrás en su misión.

La certeza de ser ayudado por el Padre, disipa en Él todo tipo de duda, le da una fortaleza férrea y la seguridad de que, nunca quedará defraudo por su Señor que le llamó a llevar adelante esta misión.

Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

Jesús, el Siervo de Dios y Dios mismo, sin embargo, abandona todas las prerrogativas que, por naturaleza las tiene y se hace en todo semejante a nosotros, menos en el pecado; por obediencia al Padre y amor a nosotros, acepta la muerte más escandalosa, humillante y cruenta que por entonces se conocía: la muerte en la cruz.

Pero para los que son fieles a Dios la violencia ni la muerte tienen la última palabra, la primera y última palabra la tiene Aquel que, por medio de su Palabra, llamó a todos los seres a la vida. Dios su Padre, lo reivindica y pone en el sitial de honor que desde siempre y para siempre le ha correspondido, para que toda la creación proclame su soberanía y glorifique al Padre proclamando: “Jesucristo es el Señor”. 

Evangelio: Lucas 22,7.14-23,56

“He deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer”. En una cena festiva que se sirvan más de una copa de vino es algo normal, por eso, casi nadie se refiere a esto; sin embargo, aquí Lucas, no deja pasar este detalle y lo pone por escrito. Y es que esta Cena pascual, no era una un Pascua más, sino la Pascua de las “Pascuas”. La primera copa que el Señor manda a repartir representa al vino viejo de la Antigua Alianza que está tocando a su fin, de ese vino, el Señor ni su pueblo fiel volverán a beber; a partir de ahora se beberá del Vino de la Nueva Alianza que se sella con la sangre de Jesús que se derrama sobre toda la humanidad. Y al comer de ese Pan y beber de ese Vino, hay que hacerlo en memoria suya.

“¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado!”. La Cena coge un sabor a angustia por parte del Señor y de incertidumbre por la de los discípulos. El anuncio de que, en la mesa está sentado el traidor y la inminencia de su muerte, les acelera el ritmo cardíaco y se empiezan a preguntarse entre sí quién de ellos será esa persona indeseable; pero la tensión por lo anunciado, no logró disipar de ellos la ambición de poder y privilegios mundanos.  

“Yo estoy entre ustedes como el que sirve”. Jesús, lejos de regañarle por esta actitud inoportuna, les deja una enseñanza más: ese deseo personal trocado en discusión es el mismo sentir que tienen las autoridades paganas tan criticadas por ellos. La verdadera grandeza radica en la humildad y el poder indiscutible se funda en el servicio; si ambicionan la primacía y el poder es necesario seguir su ejemplo que vino al mundo como el servidor. La perseverancia en el servicio y en las pruebas, no será en vano, a la postre tendrá su recompensa: Recibirán el Reino de Dios, comerán, beberán en él y allí se sentarán como jueces de las naciones.

“Tú una vez convertido, confirma a tus hermanos”. Después, el Señor, se dirige de un modo particular a Pedro, le revela que ha orado para que no decaiga su fe, porque después de su conversión debe confirmar sus hermanos (hasta este momento siempre lo llamó al seguimiento, pero aquí le habla de su conversión). Pedro, un hombre de “sangre caliente”, le responde inmediatamente: estoy dispuesto a ir preso y a morir contigo –no sabe lo que dice, ni cuál es su verdadera misión–, la respuesta de Jesús, le dejó sin palabras…

“Conviene que se cumpla lo que está escrito”. Es llamativa la advertencia de proveerse de bienes materiales, incluso de espadas, máxime que, cuando alguien alude que poseen dos, le manda a callar taxativamente; la razón puede estar en que, cuando hieran al pastor ellos si dispersarán y no tendrán quien los proteja.

“Lleno de tristeza, se puso a orar de rodillas”. Al indicar que se puso a orar de rodillas, el Evangelista deja claro dos cosas, por un lado, la intensidad de la oración y por el otro la humildad con la que se dirige al Padre. La profundidad de la oración y el estado emocional se expresan con un signo elocuente: el sudor de gruesas gotas de sangre que caían hasta el suelo. Se levanta, les despierta a los discípulos y le llama a la oración para no caer en la tentación.

“Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”. Lucas, al igual que Marcos y Mateo, inician este instante de la Pasión de la misma manera: “todavía estaba hablando…” como queriendo indicar que, Judas ya no quiere escuchar al Maestro y con un beso, fallidamente, intenta callarlo. Así como Judas no logró silenciar a la Palabra, la turba que lo apresaba, tampoco pudo quitarlo el poder de hacer el bien a los demás; eso queda demostrado con la curación de la oreja de uno de los que tampoco querían escucharlo.

“Pedro salió de allí y rompió a llorar”. Si el anuncio de la negación le congeló la sangre, el canto del gallo descargó en lágrimas las fuentes su amor por el Maestro. Fina García Marruz, en su poema “La elección de Pedro”, entrañablemente recrea este momento:

“Tú lo seguías de cerca, aún cuando te calentabas al fuego al lado de los criados,

entraste a la casa donde estaba el Preso, irresistiblemente atraído,

cuando hubiera sido más fácil huir que negar,

los otros no lo negaron, pero de cierto no estaban tampoco allí a su lado,

temblando de la idea de morir como Él, pero a su lado,

temblando, maldiciendo, desfalleciendo, negando, pero todavía a su lado,

todo te fue posible a ti, todo, menos irte y dejarlo.

Negador, sí, pero jamás ausente, he aquí a Pedro”.

“Adivina quién te pegó”. Hasta los elementos burlescos que usan revelan lo que ellos quieren negar: le cubren el rostro, que es una forma de no querer mirarlo a la cara; recordemos que, para la mentalidad judía, el que veía el rostro de Dios moría.

“Lo hicieron comparecer ante el Sanedrín”. Comienza el primer juicio, éste se realiza ante las autoridades religiosa; dos son las preguntas que se le hace: la primera si es el Mesías, cuya respuesta es, que ese tribunal no tiene autoridad sobre Él, más aún, desde ese mismo momento lo verán como el predilecto de Dios. La segunda pregunta es, si es el Hijo de Dios, a lo que le responde que son ellos mismos los que dicen y Él ratifica sus dichos. De allí lo conducen a Pilato.

“No encuentro ninguna culpa en este hombre”. Los que en el tribunal religioso pretendieron juzgarlo, ahora se convierten en demandantes; la acusación es que Jesús es un opositor al César y que amotina al pueblo diciendo que es el Mesías rey. La pregunta de Pilato va al “grano”: ¿Tú eres el rey de los judíos? La respuesta es que eso lo dijo el mismo Pretor. Resulta interesante que ante esta respuesta Pilato, manifieste su inocencia ante los sumos sacerdotes y a la turba. La segunda pregunta es si era galileo, recordemos que de allí venías las manifestaciones y protestas de los celotas (Judas el Galileo referido por Gamaliel en Hch 5,37).

“Herodes con su escolta, lo despreció”. A diferencia de Pilato, Herodes, le hace muchas preguntas que no se dice cuáles fueron, sólo que el Señor no respondió a ninguna. También allí estaban los sumos sacerdotes y escribas para acusarlo; la actitud de Herodes, deja clara su ineptitud para juzgar a Jesús que sólo atina a burlarse de Él y devolverlo a Pilato.

“Pilato lo entregó a Jesús”. La apreciación y la sentencia de Pilato, no se corresponden, porque por un lado reconoce la inocencia de Jesús, poniendo como testigo de ésta a los mismos acusadores y a su vez lo corrobora con el dictamen de Herodes; sin embargo, ante la presión de la gente, deja en libertad a un celota que estaba preso por sediciones y homicidio y manda a crucificar a Jesús.

“Hijas de Jerusalén no lloren por mí”. Las redes de la injusticias y crímenes extienden sus tejidos en todas las direcciones, y en este caso la víctima fue un trabajador y padre de familia; hieren de muerte y hacen llorar a todos los que encuentran a su paso, aquí las víctimas es un grupo de mujeres que en su aflixión experimentan el consuelo de Jesús.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. El lugar escogido para la crucifixión no podría ser más simbólico, sobre el “Monte de la Cabeza” se alza la Cabeza y Cuerpo de la humanidad. Lo secundan dos pecadores que lo escuchan rezar por sus verdugos.

“Este es el rey de los judíos”. En la veracidad del cartel se esconden dos preguntas ¿fue una ironía? O ¿Pilato quedó impactado con aquella respuesta de Jesús?: “Tú lo dices”.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El Señor siempre escucha y atiende a quién y lo que debe escuchar, por eso hace caso omiso a la provocación de uno de los condenados y responde al pedido de aquel que no perdió el sentido de la justicia y el deseo de vivir.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con la oración del salmo, dio por concluida la primera parte de su misión en la tierra. El velo del Templo se partió en dos, los muros que separaban a los pueblos entre judíos y paganos, desde ahora ya no existe, a tal punto que el primero en confesar su fe en la inocencia de Jesús fue el Centurión romano y José de Arimatea, un judío justo, miembro del Sanedrín, es el que se presentó ante Pilato, le pidió el cuerpo muerto y desnudo de Jesús, lo bajó de la cruz, lo vistió y le dio una digna sepultura.

Permítanme soñar, yo creo que cuando José de Arimatea abrazaba el cuerpo de Jesús siguió rezando el salmo iniciado en lo alto de la cruz: “Pero yo confió en ti Señor, y te digo Tú eres mi Dios, mi destino está en tus manos, líbrame… Que brille tu rostro sobre tu siervo ¡sálvame por tu amor!... Bendito sea el Señor, Él me mostró las maravillas de su amor en el momento del peligro… Sean fuertes y valerosos todos los que esperan en el Señor” (Sal 30,15-17.22.25).

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