Formación

VIII. El tiempo cristiano


El tiempo cristiano no es homogéneo, siempre igual, sino que hay en él fases tan caracterizadas en el orden de la gracia como lo son primavera, verano, otoño e invierno. La santa Iglesia, “en el círculo del año, desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor. Conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo (aquellos misterios) para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación”(SC 102bc).

Para la vida espiritual tiene suma importancia seguir con atención el Año litúrgico, abrirse de verdad a las particulares gracias que el Señor quiere comunicar según fiestas y tiempos litúrgicos, meditar los textos del Misal, de las Horas, ejercitar aquellas virtudes más estimuladas por la liturgia del tiempo. Es así como se establece una sinergia entre la acción de la gracia de Dios y la acción del esfuerzo humano.

Si ponemos el empeño y la fuerza exclusivamente en nuestras capacidades humanas, sin buscar la santificación en la gracia de Dios, el tiempo y las celebraciones litúrgicas no tienen mayor importancia, porque cada uno de nosotros es el mismo en domingo o en martes, en pascua o en el tiempo ordinario.

En Resumen:

  1. El tiempo cristiano no es siempre igual, sino que hay en él fases tan caracterizadas en el orden de la gracia, como lo son primavera, verano, otoño e invierno.
  2. Para la vida espiritual tiene suma importancia seguir el Año litúrgico, porque así se establece una adecuada relación entre la gracia de Dios y el esfuerzo humano.

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