Formación

Habla, Señor: Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (1 de agosto de 2021)


Primera Lectura: Éxodo 16,2-4.12-14

Cuando un pueblo se acostumbra a vivir como esclavo, el sacrificio que demanda el paso a la libertad parece un castigo. La protesta del pueblo de Israel, que evoca un pasado atroz, refleja a “cuerpo entero” esta verdad; en vez de asumir el “precio” de la libertad, evoca con airosa nostalgia sus tiempos de esclavitud. Protesta irasciblemente por el duro, pero prometedor presente y siente nostalgia de un pasado con comida, pero sin libertad, sueños, ni confianza en el otro que es su hermano. La respuesta de Dios, lejos de pasarle “factura” por esta actitud que más que agraviarlo, le recuerda su promesa hecha a Abrahán y a sus hijos para siempre, les ofrece un alimento nuevo: carne y pan que bajan del cielo. Si el reproche del pueblo era que en Egipto comían carne y pan hasta saciarse, el Señor les ofrece carne por las tarde y pan hasta el hartazgo por la mañana. Esta respuesta divina, tiene una razón de ser: que el pueblo reconozca que el Señor es su Dios, que Él no sólo les quiere con el estómago lleno, sino también que vivan en libertad y sean felices.

Bandadas de codornices cubrieron el campamento y el maná cubrió las arenas del desierto. Ante la abundancia de la gracia, la pregunta ¿qué es esto? Y tras la pregunta, la respuesta: “Este es el pan que el Señor les da como alimento”.  

Segunda Lectura: Efesios 4,17.20-24

San Pablo continúa exhortando a tener una vida distinta a la de los paganos, que no sean superficiales, ni ignorantes. En los versículos 18 y 19 aclaran qué quiere decir, con esto: “vivir con la mente embotada y alejados de Dios por ignorancia o terquedad. Y que, por haber perdido el sentido moral, se hayan entregado a los vicios, impurezas y codicias.

Esta llamada de atención lo hace, porque los efesios no aprendieron de Cristo a llevar una vida disoluta, sino que fueron enseñados a vivir según la verdad. Y del Señor aprendieron a dejar para siempre al hombre viejo, que lleva a la corrupción de la persona, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu con el hombre nuevo, creado a imagen y semejanza de Dios, en la justicia y verdadera santidad.

Evangelio: Juan 6,24-35

Cuando leemos este texto, puede venirnos a la mente una idea que en él no está del todo clara y que, de ser realidad, puede redundar en un daño moral y un vicio social: conseguir el pan de cada día sin ningún tipo de esfuerzo, salvo el de ir detrás de algunos líderes.

Jesús, no es un líder según los cánones humanos, no promete nada que no signifique esfuerzo, no se deja embaucar por títulos, ni seducir por alabanzas; conoce el corazón y el pensamiento de la gente. Los que habían sido saciados con los cinco panes y dos pescados y pretendían hacerlo rey, se dieron cuenta de que Jesús se les “había escapado de las manos”; que el hombre que podía “resolver” todos sus problemas, ya no estaba, entonces salen a buscarlo.

Al encontrarlo, le hacen una pregunta que esconde la razón de su búsqueda: “Maestro, ¿Cuándo llegaste?”, Jesús, que conoce el corazón y las intenciones de la gente, en primer término, pondrá al descubierto la verdadera motivación de su búsqueda: “No me buscan porque vieron signos (la presencia de Dios), sino porque comieron pan hasta saciarse”. El Señor les llama a la atención por su superficialidad para ver la realidad –la multiplicación de los panes es un signo elocuente de la presencia y acción de Dios–, su comodidad y falta de compromiso con la vida –“esforzado” abandono para vivir bien sin trabajar–. Después de esta advertencia, le llamará a esforzarse por el pan de las virtudes, ese pan que no perece en esta vida, que garantiza y da dignidad al pan da la mesa familiar, ese pan que Él mismo nos vino a traer.

El diálogo se vuelve un tanto tedioso; las preguntas de la gente muestran apego a las obras de la Ley y reticencia a creer que Jesús es el enviado del Padre. Particularmente la segunda pregunta refleja una dureza de corazón y una ceguera racional que podemos tildarle de “sin precedente”: “qué obras haces para que veamos y creamos en ti”. Es cierto que, en ese momento, Jesús no está ayunando, ofreciendo el diezmo o un sacrificio…, pero acaba de hacer una obra con mayúsculas, una de esas obras que agradan y hacen decir a Dios: “Yo quiero misericordia, no sacrificio, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os.6,6); acaba de poner ante los ojos del pueblo una obra de misericordia que invita al pueblo: “conviértete a tu Dios, observa el amor y el derecho y confía siempre en Dios” (Os 12,7).

Ante esta actitud reticente, Jesús no desespera, sino más bien encuentra una oportunidad para explicarle que no fue Moisés quien les dio a comer del maná y las codornices; que su Padre es el que da el verdadero pan del cielo; “porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”. Esta actitud paciente del Señor y su serena y magistral explicación, despierta en esa gente, el hambre necesaria: “Señor, danos siempre de ese pan”; esta súplica traerá como desenlace la más grande y hermosa revelación: “Yo soy el pan de vida. El que viene a nunca tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed”.

Vayamos a Jesús porque Él no sólo es el pan de vida, sino que en Él está la fuente de la vida y su luz nos hace ver la luz del cielo.

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