Formación

Habla, Señor: Domingo XVII del Tiempo Ordinario (25 de julio de 2021)


Primera Lectura: 2 Reyes 4,42-44

Eliseo, no era Dios, pero tal como lo define su nombre (Dios es salvación), fue su imagen cabal; este campesino cercano al pueblo lleno de sabiduría y fortaleza, no le tembló el pulso ni la voz cuando tuvo que denunciar a los poderosos, como también se compadeció el corazón a la hora escuchar, comprender y auxiliar a los pobres y sencillos. Su proceder, narrado en el capítulo cuatro, es una fiel y evidente manifestación de Dios que sale a salvar a su pueblo agobiado por las contingencias de la vida. Atiende a las necesidades materiales de una familia y hace posible que ésta pueda acceder dignamente al pan de cada día (vv 2-7), regala un hijo a un matrimonio estéril (vv 16-17), escucha el clamor de esta madre que ha visto morir a su hijo y lo devuelve con vida (32-37), a un caldo letal lo convierte en una comida saludable (vv 40-41).

Hoy, el texto litúrgico deja claro: cuando la buena voluntad humana, traducida en gesto de generosidad, se abre a la acción misericordiosa de Dios, no existe nada imposible; el pan que se entrega por justicia y se comparte con generosidad, aunque parezca insuficiente alcanza para todos y sobra para muchos.

Segunda Lectura: Efesios 4,1-6

Moisés, recibió de Dios y ofreció al pueblo los diez mandamientos; Jesús los interpretó y a los primeros tres los hizo uno: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con toda tu fuerza”; a los siete siguientes los aunó en: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pablo “instrumenta” la Ley perfeccionada por Jesús indicando el modo de vivir sujetos y amparados por Ella.

Al instituir la reglamentación de la Ley del amor es consecuente con ella y consigo mismo, no la impone, sino que, cada uno de los dos “acápites” es propuesto entrañablemente:

  • Hay que vivir con gran humildad, amabilidad y paciencia aceptándose unos a otros con amor.
  • Procurar, mediante actitudes pacíficas, la unidad que es fruto del Espíritu.

Después de dar estas claras orientaciones para vivir conforme a la Ley del amor, les da las razones que las sustentan; la vida en comunión es posible porque:

  • Uno es el cuerpo y también uno es el Espíritu que da la vida.
  • Una es la esperanza y una es la fe que los anima a vivir como discípulos del Señor.
  • Uno es el Señor, una es la fe la fe que los hermana.
  • Uno es el bautismo que los distingue como hijos del único Dios Padre de todos que actúa sobre todos, actúa y habita en toda la humanidad.

Evangelio: Juan 6,1-15

Sutil, pero claramente, el Evangelista evidencia cómo la mirada compasiva de Jesús ve y atiende mucho más allá de las motivaciones que las personas tienen para seguirlo, como vemos, aquí no lo seguían porque tenían hambre, “sino por los signos (milagros) que hacía con los enfermos”; pero al sentarse y verlos abatidos, advirtió otro problema: necesitaban comida. Sin caer en la tentación de justificar la falta de alimentos, ni de buscar soluciones mágicas, para resolver el problema, sensibiliza a los apóstoles e involucra a los presentes para encontrar el modo de calmar el hambre.

Jesús pregunta a Felipe por un lugar donde conseguir pan para alimentar a la gente; Felipe responde aludiendo a la limitación económica: no tenemos dinero para comprar pan para tantas personas. Andrés interviene oportunamente, sin aludir al lugar físico ni a una determinada suma de dinero, sino a la riqueza de un joven pobre y generoso que ofrece lo poco que tiene: “cinco panes de cebada y dos pescados”.

El Señor manda a sentarse a la gente, recibe los panes y los pescados y vuelve a involucrar a sus discípulos, en este caso, que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; después de que todos comieron hasta saciarse, los vuelve a llamar al servicio, en este caso para recoger las sobras a fin de que no se pierda nada. Lo que parecía insignificante, no sólo fue suficiente, sino que al ofrecerse generosamente y al pasar por las manos del Señor, sobreabunda y alcanza para saciar a otros pueblos.

La acción milagrosa de Jesús, hizo que la gente no viera en Él meramente a un sanador, sino al verdadero profeta que debía venir al mundo. Sin embargo, esta nueva percepción de la persona de Jesús no es pura porque, en vez de seguirlo como discípulos que escuchan y siembran la Buena Noticia, quieren hacerlo rey; este sentir popular hace que Jesús nuevamente se retirase en soledad a la montaña.

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