Formación

Habla, Señor: XV Domingo del Tiempo Ordinario (11 de julio de 2021)


Primera Lectura: Amos 7,12-15

Amós, no fue un profeta de “oficio”, de esos que fueron formados para pregonar lo que les convenía a los poderes de turno, sino un hombre cabal a quien el Señor trocó su condición campesina con una auténtica vocación profética. Posiblemente él haya sido uno de los que gozaban algunos privilegios que por entonces brindaba la prosperidad del reino del Norte, pero el Señor le saco de detrás de sus bueyes y le envió a la arena profética combatir en su Nombre, y nada menos que en el templo de Betel, el santuario del rey.

Es interesante que, Amasías, el sacerdote de Betel (Casa-de-Dios), se dirija al profeta en esos términos. Lo reconoce como alguien extraordinario que es capaz de ver una realidad que, quizás sea evidente, pero que ellos son incapaces, o no la quieren ver; le advierte que la verdad proclamada en ese lugar sagrado conspira contra su vida. Disfrazando de solidaridad a una amenaza, le ordena refugiarse en el reino del Sur, disfraz, que resulta inconsistente, por no lograr cubrir el fastidio que provocaba las palabras del Profeta. Le trata como a uno de esos serviles “profetas” del rey que se ganaban el pan a costa de bueno augurios para el rey y su corte, pero a esos se los protegía en el templo, en cambio a Amós se lo expulsa del santuario del rey.

La respuesta del Profeta le aclara a Amasías que él no es uno de esos profetas de “profesión”, sino por vocación; que no pertenece al grupo de profetas a sueldo del rey que se ganan la vida a costa de falsas predicciones, sino un campesino que Dios lo sacó de su oficio y le ordenó: “vete a hablar de mi parte a mi pueblo Israel”. En una palabra, le hace ver al sacerdote que no predica para ganarse el pan, que en abundancia y bien ganado lo tenía, sino por obediencia a Dios que lo llamó y lo envío a profetizar en favor de su pueblo. 

Segunda Lectura: Efesios 1,3-14

Este es un himno hermoso, que canta la belleza de Dios, nos inserta en su misterio y en el misterio de nuestra propia vida. Dios es nuestro “mundo”, dentro de su corazón y sus brazos amorosos nos movemos.

Pablo con “finos trazos” nos manifiesta como Dios actúa en nuestra vida. Desde la creación del mundo, el Padre nos eligió como hijos. Jesús, nuestro Señor, nos rescató del pecado y vuelca sobre nosotros la abundancia de su sabiduría, gracias e inteligencia y más aún, nos hace partícipes de su gloria. El Espíritu Santo nos pone la marca indeleble pertenecer al pueblo de Dios.

Evangelio: Marcos 6,7-13

Dicen los manuales, “la evangelización es la obra redentora de Jesús por medio de su Iglesia”, de esto da fe el pasaje evangélico que hoy proclamamos. El Misionero del Padre, vuelve a llamar a los que quiere y los envía de dos en dos y les da potestad de hacer del mundo un espacio concorde a la voluntad de Aquel que lo envió a la tierra.

La misión realizada por sus discípulos, como le es propia, debe tener las mismas características que la suya, debe distinguirse por la pobreza y la humildad, en estas dos condiciones radica su fortaleza y eficacia. Les ordena no llevar más que un bastón; el bastón evoca a la misión de los antiguos pastores y guías del pueblo, pero al mismo tiempo es el símbolo de la limitación humana y de la protección de Dios. Moisés puso en alto su bastón y se abrieron las aguas del mar y el pueblo divisó la libertad, con el mismo cayado tocó la piedra y éste pudo beber del agua que reparó sus fuerzas. David, antes de empuñar la honda con la que vencerá a Goliat, coge su bastón y con él en la mano elige las piedras que habrá de lanzarlo; el profeta Zacarías alienta a la esperanza diciendo: “Los ancianos y las viejas volverán a sentarse en las plazas de Jerusalén, apoyándose en su bastón por el peso de los años” (Zac 8,4), el Salmista canta su confianza en la bondad de Dios: “tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Sal 22,4).

Entre las prohibiciones se encuentran: no llevar pan, mochila, ni dinero, es necesario que el misionero, sea una persona abandonada en la gracia del Señor, que alimentó su pueblo en su caminar por el desierto; no es necesaria la mochila, porque el recipiente de la Buena Noticia es la misma la misma persona y el bien supremo es el mensaje que se anuncia. El modo de vestir debe ser austero, sin más que con lo puesto y calzados vulnerablemente como viste el Señor que los envía.

La misión consiste en participar de la vida familiar, es necesario entrar en las casas y compartir la vida hasta el momento de la partida; Los misioneros se hacen parte de la familia y el Evangelio, por su fuerza, convierte a ese hogar en una nueva “sagrada familia”. Si en algún lugar no son recibidos no hay que detenerse allí para lamentar o recriminar esa actitud, sencilla y humildemente ir al encuentro de otros que seguro ávidamente esperan la Buena Noticia del Señor.

Después de escuchar las instrucciones, los misioneros salieron a las calles y con y palabras, signos y hechos concretos proclamaron la Buena Nueva de la conversión.

Hoy el Señor nos vuelve a llamar a compartir su vida y misión, escuchemos su llamada y salgamos al encuentro de cada uno de nuestros hermanos que esperan la Buena Nueva del entrañable amor de Dios.

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