Formación

Habla, Señor: XIII Domingo del Tiempo Ordinario (27 de junio de 2021)


Primera Lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-24

¡Qué oportunas son estas breves palabras del Sabio! En este tiempo en que la humanidad está siendo azotada por esta pandemia y en el que tampoco faltan los profetas de la fatalidad que, descontextualizando algún pasaje bíblico, presentan una imagen de Dios que nada tiene que ver el Padre misericordioso y Señor de la vida. La enseñanza del Sabio nos muestra que la verdadera voluntad de Dios, es el fruto de su amor y está en función de la vida.  No podemos dudar de la buena intención de quienes escriben y publican estas “profecías” que supuestamente se ven cumplidas con la COVID 19, pero sí debemos advertir que están equivocados: Dios es Amor y no un sádico que predijo una hecatombe mundial y nada hizo por evitarla.

Cada una de las sentencias del Autor sagrado expresan con claridad la voluntad creadora de Dios: la muerte no es obra de Dios, el Señor crea a la humanidad para que viva, no se complace al verla herida, más aún, sufre con su destrucción. Crea el universo para que tenga vida y sea perdurable y a todas las criaturas del mundo las ha dotado de salud y libres de cualquier componente que les pueda ser nocivo.

Si en la primera sentencia dejaba claro que la muerte no es obra de Dios, en ésta reafirmará lo dicho, expresando que el Señor crea a la humanidad para que sea inmortal, porque al crearla a su imagen, la hizo partícipe de su propia eternidad.

La muerte es obra de la acción envidiosa del diablo y la experimentan quienes se dejan poseer por él. Las preguntas son ¿qué, quién y cómo se manifiesta ese indeseable y letal personaje? Es evidente que nada tiene que ver con las imágenes fantasiosas y terribles con que a veces se lo representa; para ser claro y breve, digamos que: el que introdujo la muerte en el mundo e induce a ella, es algo o alguien que se presenta como lindo, bueno, dador de felicidad y vida; pero que en realidad es feo, malo, frustrante y letal.

No hay razón para temer a la muerte ni al ladrón sólo viene a robar, matar y destruir la vida, porque la palabra de Jesús es nuestra garantía: “yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Segunda Lectura: 2 Corintios 8,7.9.13-15

Una comunidad de fe se distingue por la misericordia y caridad para con los hermanos necesitados y el ejercicio de estas actitudes convierte al discípulo en un verdadero imitador de Jesús.

Evangelio: Marcos 5,21-43

Una y otra orilla del lago Tiberíades no sólo se presenta como dos escenarios diferentes, sino también con distintas aperturas a la Buena Nueva ofrecida por Jesús; los gerasenos vieron con sus propios ojos la obra misericordiosa que Dios realizó al liberar al hombre de la posesión del demonio, sin embargo, les piden a Jesús que se aleje de su pueblo. En cambio, al regresar a la región de Galilea le aguarda una multitud ávida de escuchar su palabra (Mc 2,13); entre ella, estaba Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, que, al ver a Jesús, cae (otras traducciones dicen “se postró”, “se arrojó”) a sus pies y le suplica por la salud de su hija: “ven, impón tus manos sobre ella para que se salve y viva”.

La actitud de Jairo frente a Jesús es elocuente y exime de todo comentario al respecto, pero me parece oportuno, destacar la expresión de la “Biblia de Jerusalén”: “cae a sus pies”, porque revela a plenitud el agotamiento físico y el débil estado del alma de este hombre de fe, que cree en el poder de Jesús. En las palabras de Jairo, no es fácil establecer las fronteras entre la invitación, la súplica o la orden y es que, no le habla desde la “razón”, sino desde su corazón herido y movido por la fe; basta con que Jesús le acompañe a su casa y haga un gesto para que su hija se salve y viva. Grande es la fe de Jairo que le pide a Jesús la salvación –no sólo la curación– y la vida para su hija. La salud sin salvación, es una gracia incompleta.

Jesús se compadece de Jairo y lo acompaña a su casa, tras ellos va una multitud que le apretaba, pero en medio de tantos apretones, camina una mujer enferma, que en silencio se acerca y le toca el manto. Como un “caballero”, Marcos, no revela la identidad de la mujer, pero no se reserva ningún detalle en lo que se refiere a su padecimiento.

La enfermedad: “flujo de sangre”, un mal que de por sí ya es grave, que genera incomodidad y hasta vergüenza en los espacios públicos; para colmo, en aquel momento era humillante, porque conforme a la legislación en el libro del Levítico, determinaba que generaba impureza legal.

El tiempo que padecía: “doce años”, referencia que no hay que tomar al pie de la letra, sino como referencia simbólica; doce es el número de las lunaciones del año y, como tal, alude a un siclo anual completo. Aquí representa el final de todos los intentos humanamente posibles.

Si la referencia a los doce años padecimientos, representa el final de todas las posibilidades, éste se reafirma con la expresión: “sufrió mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno”; sin embargo, no perdió la esperanza y su capacidad de escucha, reavivó su fe en que, con sólo tocar el manto de Jesús se salvaría –nótese como vuelve a aparecer la esperanza de la salvación y no meramente de la curación–.

Se acercó, le tocó el manto y al instante, se sintió curada; Jesús por su parte, advierte que sale de Él una fuerza dadora de salud, inmediatamente pregunta quién “le robó” esa gracia: La mujer, temblorosa, se postró a sus pies y le contó toda la verdad, después de escuchar su confesión, Jesús da pleno cumplimiento a su esperanza: “hija tu fe te ha salvado; vete en paz y quedas curada de tu enfermedad”.

Aún no había terminado de hablar, cuando le avisan a Jairo que su hija había muerto, que ya no valía la pena seguir molestando al Maestro, pero Jesús que los oyó, le anima: “No temas, basta que creas”. Al llegar a la casa, se encuentran con el cuadro de un deceso reciente, después de una breve controversia, hace salir afuera a todos los presentes y junto con Jairo, su esposa y tres de sus discípulos, entra al cuarto y pronuncia la palabra de vida: “niña, levántate”, después mandó que le dieran de comer.

La fe en Jesús anima la esperanza, sana, salva y da vida.

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