Formación

Habla, Señor: XII Domingo del Tiempo Ordinario (20 de junio de 2021)


Primera Lectura: Job 38,1.8-11

Estamos en la parte final del libro de Job, el célebre personaje de la obra, ha pasado por “todas” las peripecias posibles, quizás la peor de todas fue haber caído en la blasfemia (Job 30,16-31); ciertamente lo que le llevó a tal infeliz reacción fue la ignorancia que le hizo suspirar y “multiplicar sus palabras a lo tonto” (Job 35,16). Dios, por su parte, no se queda callado frente a esta actitud y le sale a confrontar; confrontación queda clara en el versículo 2 que aquí se omite, como también se volverá a repetir en Job 40,2.

Conforme a las antiguas teofanías que manifiestan la temible omnipotencia de Dios, el Todopoderoso le habla de en medio de la tormenta; le echa en cara su insensatez y le reta al duelo: “si eres valiente, ajústate el cinturón: te voy a preguntar y tú me instruirás”. Cada una de las preguntas, no tienen una intención condenatoria, sino reflexiva y aluden a los orígenes y a la armonía de la creación (vv 2-7).

Los tres versículos siguientes, que hoy leemos en la liturgia, ya no son una llamada a la reflexión, sino la afirmación de que Dios es el Todopoderoso que crea y pone límites al mar, la niebla que lo cubre y las nubes tormentosas con que viste. El temible ímpetu del mar, frente a la voz de Dios se detiene y la arrogancia de sus olas encuentran su final.

Mucho se habla de este ilustre personaje de la literatura sapiencial, pero ¿quién es Job? su nombre revela su “ADN”: es el que sufre todo tipo de aflicción. Job es el sufriente que aguanta y se rebela ante el dolor; es el que, al no encontrar una respuesta humanamente razonable, le encara a Dios y le pide una respuesta. Job es toda aquella persona que sabe escuchar a Dios, reconocer sus yerros y a la sazón, abrirse y recibir su gracia en abundancia.

Segunda Lectura: 2 Corintios 5,14-17

No dudo que, si Pablo le hubiera dicho esto a uno de los nobles guajiros de nuestra Patria, éste le haya respondido: “¡Apretaste!” y la verdad es que la razón es verdaderamente apremiante. El amor de Cristo nos urge a vivir de un modo nuevo digno de los bienaventurados, porque vivir para Cristo, que por nosotros murió y resucitó no es otra cosa que vivir conforme a las bienaventuranzas.

La novedad de la vida en Cristo –aunque resulte redundante– es vivir en el amor de aquel quien por nosotros murió y resucitó y nos espera a la diestra del Padre.

Evangelio: Marcos 4,35-41

Marcos al narrar este suceso, pone una nota significativa: la barca de Jesús, no navega sola, otras también surcan el mar enfurecido. El relato comienza con una referencia horaria, era al atardecer, esta simboliza la incertidumbre que encierra una travesía en la inseguridad de la noche y la inestabilidad del mar de Galilea que con cierta frecuencia solía sorprender con tempestades. Por otra parte, el cansancio después de un arduo día de trabajo. En este marco, Jesús toma la iniciativa: “pasemos a la otra orilla”.

Después de despedir a la gente “le llevan a Jesús en la misma barca en la que estaba”, esta acción de los discípulos, también tiene una expresión simbólica, no es Jesús el que conduce, sino que son los discípulos los que llevan al Señor; la travesía como antes mencionamos es compartida con otras barcas que tienen un destino común: llegar al otro lado del lago.

De pronto se desata lo indeseado a cualquier hora del día y mucho menos en la noche: una tormenta; Marcos señala dos acciones violentas que ponen a temblar a los discípulos, el golpe de las olas contra el casco de la barca y que ésta se llenaba de agua, uno y otra eran seguras razones para el naufragio y, con todo esto, Jesús dormía en la popa, el Señor está ausente y para colmo detrás de todos.

El detallado relato pinta a “cuerpo entero” el cansancio de Jesús que dormía recostado en un cojín, como también el pánico de los discípulos que lo despiertan recriminándolo: “¿No te importa que nos hundamos?”. Jesús despierta e increpa a las dos temibles fuerzas de la naturaleza, increpa al viento y hace enmudecer al mar. El viento se calmó y el mar retornó a la armonía. En el párrafo inicial aludimos a la nota que la barca de Jesús, no navega sola, esta imagen no sólo tiene un valor simbólico, sino también revela que el alcance salvífico de la acción de Jesús trasciende a la Iglesia y a la vez, la necesaria misión de la Iglesia en favor de la paz y de la salvación de toda la humanidad.

Cuando los discípulos recobraron la armonía, Jesús les reprocha el temor y les cuestiona su fe. La reacción temerosa y desconcertada de los discípulos, aún hace más grave la pregunta: ¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?”. La respuesta son las mismas palabras que Dios le dirigió a Job: “¿Quién le puso freno al mar cuando escapaba impetuoso?... le dije llegarás hasta aquí, no pasarás aquí se estrellará el orgullo de tus olas”. Es Jesús, el mismo Señor de quien profetizó el Salmista: “La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria truena ¡es Dios sobre las aguas caudalosas! El Señor se sentó sobre el diluvio” (Sal 28,3.10).

© 2015 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Todos los derechos reservados