Formación

Habla, Señor: XI Domingo del Tiempo Ordinario (13 de junio de 2021)


Primera Lectura: Ezequiel 17,22-24

En el extenso capítulo 16, el Señor reprocha a Israel su infidelidad, sin embargo, esa actitud en nada altera la fidelidad de Dios que sabe perdonar y, más aún, renovar su alianza con el pueblo (vv 60.62).

El poema que hoy estamos meditando, es el final de la alegoría del capítulo 17 que evoca los tiempos del exilio babilónico; aquí como podemos apreciar el Señor, le devuelve la esperanza en un renacer vigoroso y exuberante. El Profeta al poner en boca del Señor la expresión “también yo tomaré de la copa del alto cedro de la punta de sus ramas… y lo plantaré yo mismo” deja claro que se trata del mismo pueblo que fue prisionero del “águila” babilónico (v 3) y que, en un momento, en vez de volverse a Dios, se sintió tentado a pedir ayuda a otro imperio: Egipto, “el águila de grandes alas y de abundante plumaje” (v7).

La promesa está llena de símbolos de vida nueva, de nuevo y perenne esplendor. La primera imagen es la siembra, no va a plantar la raíz ni el tronco envejecido o herido, sino la rama fresca, sensible, fácil de educarla que cogerá de la copa; de la parte del árbol que siempre pudieron contemplarlo, vale decir al verla plantada, todos sabrán cuál es origen. Ezequiel, es enfático al expresar que quien escoge el tallo y lo planta es el Señor y no otro.

Los entendidos en botánica que saben que el hábitat propicio para los cedros son los bosques montañosos que oscilan entre los 1300 y 1800 metros sobre el nivel del mar, pueden ver en esta acción de Dios su destreza en el basto mundo de la silvicultura; pero la verdad es que esta acción va mucho más allá y el verdadero sentido de esta plantación, lo encontramos en los capítulos siguientes, cuando el Señor afirma: “Será santa mi montaña, en la alta montaña de Israel –afirmación del Señor–, donde me servirá toda la casa de Israel, toda ella en la tierra” (20,40).

Este cedro nuevo lleno de vida y frondosidad, será fecundo y acogedor, a su sombra habitarán toda clases de pájaros; hay que destacar como en v 23 redunda en la afirmación: “debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves vivirán a la sombra de sus ramas”, Israel será la casa de todas las naciones de la tierra (Ez 31,6).

El cedro nuevo es el testigo de la omnipotencia de Dios y a la postre, “las partituras” que en su momento serán cantadas por la Virgen: “Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los poderosos de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,51-53).

Segunda Lectura: 2 Corintios 5,6-10

Las contrariedades de la vida, a Pablo no lo amedrentan y aunque es consciente de la distancia que existe entre la realidad de su vida y lo que anhela, no pierde la esperanza de alcanzarla; por eso guiado por la fe procura agradar a Dios frente a quien él cómo todos, un día habrán de comparecer para recibir el premio o el castigo merecido por lo que hayan hecho en la vida.

Evangelio: Marcos 4,26-34

Por una cuestión de respeto, los judíos no pronunciaban en Nombre de Dios, pero existe una realidad que va más allá del respeto: Dios trasciende todo Nombre que los seres humanos podemos pronunciar. Lo mismo pasa con su Reino que desborda toda conceptualización posible; el mismo Jesús no pronuncia el nombre de Dios, lo llama Padre y al hablar de su Reino, no lo define, sino que apela a las metáforas.

Marcos hoy nos ofrece de manera explícita dos parábolas, pero advierte que éstas no son las únicas, sino solas unas entre muchas. La primera semejanza del Reino es su imagen, el ser humano (Gn 1,26); como semejanza suya, aquí se lo presenta como el co-creador que tiene en sus manos y siembra la semilla. El hombre tiene en sus manos la vida, pero no le pertenece, sino que trasciende su voluntad y esfuerzo; el Reino del amor y de la vida crece, se expande y fructifica por su misma fuerza, para disfrutar de sus bondades, basta con sembrarla.

La ignorancia humana en cuanto a la germinación y crecimiento de la semilla realza una de las virtudes propias del Reino de Dios: La gratuidad. La cosecha, pone en alto otras: la generosidad y entrega de la vida en favor de la vida misma.

En la segunda imagen del Reino, vuelve a aparecer la persona humana, como co-creadora, es la que siembra el pequeño grano de mostaza, también se reafirma el mismo concepto de fuerza propia, una vez sembrada la semilla crece y se desarrolla por sí misma. Si al destacar la generosidad del grano de trigo puso de relieve la entrega en favor del reinado de la vida, aquí se manifiesta la grandeza y protección de lo pequeño; lo aparentemente insignificante se convierte en un bien significativo, que anida y protege a los seres vivos.

El párrafo final es una síntesis en la cual se consigna que el misterio de Jesús era sencillo y comprensible a todos, a cada quien lo transmitía su mensaje conforme a su capacidad de comprensión. Las parábolas fue su recurso pedagógico, pero a sus discípulos los explicaba con particular dedicación y en privado.

El Reino de Dios es frondoso como un cedro plantado junto a un manantial y en lo alto de un cerro, que crece como el grano de mostaza y es fecundo y generoso como el trigo que se dejan moler para dar sabor a la vida y alegrar las mesas con el pan de cada día.

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