Nosotros Hoy

Servicio de Noticias de la Iglesia Católica en Cuba

"Jesús es el único que da sentido a nuestra existencia, que satisface nuestros sueños más profundos e ilumina con el Amor de Dios nuestras vidas"

por Mons. Emilio Aranguren Echeverría

MENSAJE RADIAL DE MONS. EMILIO ARANGUREN ECHEVERRIA, OBISPO DE HOLGUÍN (Y LAS TUNAS) EN LAS EMISORAS “RADIO ANGULO” (HOLGUÍN) Y “RADIO VICTORIA” (LAS TUNAS) POR LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD

Queridos radioyentes, si pensáramos en los motivos por los cuales hoy me comunico con ustedes, tal vez nos quedaríamos un poco sorprendidos, ya que hoy llego a sus hogares para compartir con quienes me escuchan algo sobre un cumpleaños. Nadie utiliza los medios de comunicación, que cordialmente agradezco, para hablar del nacimiento de una persona que vino a nuestro mundo hace más de dos mil años, en un lejano país, perteneciente a una cultura muy diferente a la nuestra, pero que a pesar de todo esto, sigue motivando expectativas en la mayor parte de los países de nuestro mundo.

Hoy es Navidad, y éste es el motivo de mis palabras. Todos los cristianos, pero también otras muchas personas de diversas culturas, que viven en muchas naciones lejanas a la nuestra, recuerdan y celebran, de distintas maneras, un acontecimiento histórico: el nacimiento de un hombre llamado Jesús, nacido en el distante país de Palestina, hace más de dos milenios. Es algo llamativo, curioso incluso, si nos ponemos a pensarlo. ¿Por qué celebramos el cumpleaños, el nacimiento, de “alguien” tan aparentemente lejano y distante en el tiempo y en el espacio, de nosotros, los cubanos que vivimos en esta Isla, a finales de este año 2019, a punto de concluir?

Lo primero que quisiera comunicarles, es que este “personaje”, esta persona cuyo nacimiento hoy celebramos, es un personaje histórico, es decir, no es una leyenda, un “mito” o una fábula, no es una tradición cultural entre otras muchas. La existencia de esta persona está confirmada históricamente. Son muchos los documentos escritos, y también las tradiciones orales, que testimonian la vida de este hombre judío. Datos y documentos no sólo procedentes de sus seguidores, a quienes llamamos “cristianos”, sino de otros autores de su época que, incluso siendo adversarios suyos, nos han dejado importantes referencias y noticias de algunos aspectos importantes de su vida y, sobre todo, de su muerte en cruz.

Es verdad que, como les decía antes, la gente celebra estos días de Navidad de diferentes formas. En muchos lugares del mundo, especialmente en los países más desarrollados económicamente, la Navidad es, mayormente, un simple pretexto para organizar fiestas, grandes comidas, ofrecer regalos, adornos sin sentido, viajes turísticos, y por supuesto, unos días de vacaciones. Para ellos, la Navidad es una disculpa para hacer cosas que no se hacen normalmente a lo largo del año. Para otros muchos pueblos, los más pobres u olvidados, la Navidad pasa “sin pena ni gloria”, son unos días como otros días, a veces cargados de un gran sufrimiento, de enfermedades, de injusticias y hasta de esclavitud. Recordemos, a modo de ejemplo, cómo van a vivir o a celebrar la Navidad tantos emigrantes que, en estos días, como a lo largo de todo este año que está para concluir, se juegan la vida intentando pasar mares, fronteras, puntos de retención, para huir de la realidad en la que viven para alcanzar un “sueño” -generalmente imposible- de las riquezas y el bienestar que pretenden alcanzar en ese lugar-meta hacia el que se dirigen. De igual forma, en los países que viven en guerra casi permanente, o las familias con grandes penurias en las que las escuelas no funcionan o la asistencia médica es insuficiente y difícil de alcanzar. Para millones de seres humanos la Navidad es “una fiesta más”, una fiesta que, tal vez, resulta tergiversada y manipulada.

Para quienes nos sentimos cristianos, la Navidad es otra cosa. No es un simple cumpleaños o una “fiesta de 15”, o una ocasión para comer lechón o beber de manera desmedida. Ese no es propiamente el modo cristiano de vivir y celebrar la Navidad. Los que nos profesamos cristianos, creemos que Jesús, aparentemente lejano, pero que experimentamos cercano y vivo en nuestros corazones, no es un simple personaje histórico, ni siquiera, simplemente, un hombre extraordinario y único, sino Alguien decisivo y significativo en nuestras vidas. Alguien que “da sentido a nuestra existencia”, el mismo Dios que rompe todos los esquemas humanos e irrumpe en el corazón de la Humanidad, el mismo Dios que -de un modo impensable y sorprendente- “traspasa” los límites de lo posible y “lo normal” para entrar a formar parte de la Humanidad y de la Historia. En Navidad, los cristianos creemos -y, por eso, celebramos- ese evento insólito de un Dios que, sin dejar de ser Dios, asume toda la realidad humana y “se hace uno de nosotros”, “pone su tienda de campaña entre nosotros”. Dios entra en el Misterio de la Humanidad para iluminarlo y dar sentido a esa misma humanidad. Jesús es ese gran Amigo de Dios, que por ser “tan humano, tan humano, tan humano…” sólo puede ser el mismo Dios.

Los seres humanos, a lo largo de toda la Historia, hemos sido buscadores, exploradores, no sólo de lo externo a nosotros, del Universo, por ejemplo, sino, sobre todo, nos zambullimos en nuestro interior y nos preguntamos. ¿Quién soy yo, qué es la vida, por qué estoy aquí, por qué y para qué nací y por qué he de morir? ¿por qué no soy plenamente feliz? ¿existe otra vida después de la muerte?; en definitiva, ¿la vida tiene sentido o es sólo una simpleza de la existencia, algo sin explicación y sin un mayor sentido? Son las grandes preguntas que siempre, también hoy y aquí en Cuba -aunque no lo creamos- nos hacemos muchas personas… Y si no nos hacemos estas preguntas es porque hemos aceptado la rutina, la mediocridad y el conformismo como claves de nuestro vegetar en este mundo, y nos permitimos decir que “eso” es vivir.

Para los cristianos, discípulos y seguidores de ese Jesús, quien hizo de su vida “una vida para los demás”, que vivió para servir y no ser servido, para liberarnos de todas las contradicciones y tristezas, la Navidad, el Misterio de la Encarnación de Dios en el corazón del Mundo, es un tiempo de alegría, de confianza, de esperanza serena en la Palabra de Vida que Él nos prometió. Él es el único que da sentido a nuestra existencia, que satisface nuestros sueños más profundos e ilumina con el Amor de Dios nuestras vidas a veces difíciles y complicadas.

María, la Virgen de la Caridad, es la Virgen que camina siempre con nuestro pueblo cubano -que es el suyo- y que, por obra del Espíritu de Dios, se convierte en Madre de ese Niño que quiso nacer pobre, indefenso, dependiente, en Belén de Judá. Ella nos acompaña como nadie, en estos días navideños y a lo largo de todo el nuevo año 2020 que estamos para iniciar.

Que la sencillez y ternura de ese Niño frágil nos acompañe y nos llene a todos en este día de Navidad y, también, durante los últimos días del 2019 y comienzo del 2020, hasta que celebremos el Día de Reyes. A partir de hoy, y a lo largo de estos próximos días, recordamos y celebramos que no estamos solos, que Dios siempre está entre nosotros, aunque en ocasiones la fuerza de las tinieblas nos parezca mayor que la claridad de la Luz. Sólo así podremos cantar, con la inocencia y la ternura de nuestros niños, los villancicos cubanos: “En Belén brilló una estrella, fue tan grande su fulgor, que en Cuba la alta palmera su destello divisó. Cuba te adora con gozo, Flor de Pascua brota ya, es tú día tan hermoso, ya llegó la Navidad”[1].

Queridos hermanos y amigos que me escuchan, hoy es Navidad. Jesús es el Enmanuel. Dios está con nosotros en cada corazón, en cada familia, en cada hogar, en nuestras comunidades, en nuestro pueblo. Confiemos en su presencia y en los dones que siempre nos ofrece: el amor, la alegría y la paz.

¡Feliz Navidad para todos! Y que la bendición de Dios sea para cada uno de ustedes: luz en el camino, fortaleza en la debilidad, perdón en el pecado, compañía en la soledad, rumbo en la incertidumbre, gozo en la pena, rayo de esperanza al empezar cada jornada en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

[1] “Canta tú también”, R. Segredo, Cantoral Nº 206

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