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“Jesús se hizo uno como nosotros, para que nosotros podamos ser como Él.”

por Mons. Álvaro Beyra Luarca

Diócesis de Bayamo-Manzanillo, 25 de diciembre de 2019: Queridos todos: Pocas veces un saludo inicial es tan apropiado como en esta ocasión, “todos”, porque la Buena Nueva es para todos, absolutamente todos, grandes y pequeños, varones y hembras, buenos y malos, alegres y tristes. El Hijo de Dios, se hace hombre para todos, para todos los lugares y para todas las épocas. Es la Buena Noticia que nunca se hace vieja, que nunca el ser humano se cansa de escuchar, “Hoy les ha nacido, un Salvador, que es el Mesías, el Señor”, porque el hombre no se cansa nunca de la esperanza, de la alegría; “mientras hay vida, hay esperanza”, dice un conocido refrán de la sabiduría popular.

El anuncio de los ángeles resonó por primera vez hace 2019 años ante los pastores de Belén y sigue resonando hoy para todo el que lo quiera escuchar. El Padre de todos sigue queriendo que todos sus hijos compartan su alegría, sigue ofreciéndoles su Salvación de la tristeza, las penas, el miedo la desesperanza, de todo lo que les impide ser alegres, vivir a plenitud.

Vayamos al relato de los hechos tal y como nos lo narra san Lucas en su Evangelio:

“Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo…. Todos tenían que ir a inscribirse a su propio pueblo. Por esto, José salió del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta. Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón.” (Lc 2; 1, 3-7)

El emperador había ordenado hacer un censo de sus súbditos y Dios a través de los acontecimientos humanos realiza su plan de salvación que ya habían anunciado siglos antes sus profetas. “Y tú Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre todas las ciudades de Israel; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”.

Belén, ciudad pequeña, insignificante, pobre, que no es capaz de ofrecerle siquiera una cuna al Salvador, lo cual no detiene el plan de Dios y en cierto sentido lo beneficia pues hace patente que no hay lugar en ese mundo tal y como estaba organizado para Dios, por eso Él viene a traernos un mundo nuevo, una vida nueva. El niño recostado en un pesebre, lugar donde se colocaba el alimento para el ganado; Jesús será el alimento para los hombres, para sostener esa vida nueva; es como una anticipación de la Sagrada Eucaristía.

Jesús nace en medio de la noche, de la oscuridad. Como dice el evangelista san Juan: “Él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y la oscuridad no puede apagarla”. Aún en medio de las oscuridades de la vida, esa luz brilla y sólo basta el pequeño esfuerzo de elevar los ojos al cielo para verla, como hicieran ya desde esa misma noche los pastores.

“Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apreció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos, y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: “No tengan miedo, porque les traigo una bueno noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo”. En aquel momento aparecieron, junto al ángel, muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!”. Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: - Vamos, pues, a Belén, a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el establo. Cuando lo vieron, se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oyeron se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído, pues todo sucedió como se les había dicho”. (Lc 2, 8-20)

Los pastores contemplan el cielo, levantan la vista de las cosas puramente terrenales, se liberan de las apetencias y necesidades pasajeras de esta vida, y se abren a la inmensidad de lo infinito, lo que está por encima de nosotros, lo que solos no podemos alcanzar pero que Dios nos regala y aún rodeada de la inmensa oscuridad pueden ver y escuchar las señas que el Padre Dios nos hace a todos. Y luego de recibir ponen de su parte; “se ponen en camino”, abandonan la rutina de siempre y se abren a una esperanza, a un nuevo horizonte, se esfuerzan y al final del camino encuentran al Salvador y este encuentro los transforma; del miedo inicial acaban glorificando y alabando a Dios y dejando admirados a cuantos los escuchaban.

Bajo el mismo cielo que cubría a los pastores, no muy distante de ellos, se encontraba Herodes en su palacio, pero éste no escuchó nada. Si hubiera levantado la vista y sobre todo el corazón también hubiera escuchado a los ángeles porque el anuncio era para todos. Pero la vista y el corazón de Herodes estaban muy pegados a la tierra, sus ambiciones, sus temores, su apego a las riquezas y a su poder le pesaban demasiado para poder elevarlos. Los pastores eran pobres y sobre todo sencillos tenían muchas cosas menos que los ataban a las cosas terrenas, sus corazones no estaban satisfechos, sentían capacidad para acoger un llamado a la concordia, a la paz, la esperanza, el amor, la confianza. Herodes desconfiaba de todos, hasta de un niño recién nacido, tenía miedo de que le quitaran su reino; no podía entender que aquel niño venía a traer un reinado distinto, no podía creer en otro reinado, no se lo podía ni siquiera imaginar. Estaba encerrado en su mundo y le resultaba imposible abrirse a otro.

Lo que ataba a Herodes no eran las riquezas sino el apego a las riquezas. Otros hombres ricos, pero con el corazón no atado por las riquezas materiales, los Magos, que incluso vivían muchísimo más lejos, sabios y en búsqueda de la verdad, también pudieron ver la lucecita que brillaba en lo alto y decididos a buscar la fuente de la luz emprendieron un largo y peligroso camino que al final les permitió encontrarse con el Salvador. Eran verdaderamente sabios porque supieron encontrar luz para sus vidas y alegría para sus corazones y por ello alegres y agradecidos le regalaron al Niño lo mejor que tenían: oro, incienso y mirra.

Queridos todos: El Santo Padre Francisco en su mensaje de Navidad, nos invita a que contemplemos y mejor aún hagamos en nuestras casas, esa antiquísima tradición del Nacimiento del Niño Jesús con la Virgen y san José y también con sus figuritas de pastores, reyes, animales y plantas. El hijo de Dios se encarna, se hace humano en la creación tal y como ella es, para que toda pueda llegar a ser tal y como Dios quiere que sea para felicidad del género humano.

Jesús nace pobre y sencillo, como vivió toda su vida, para que todos nos pudiéramos acercar a Él. Como todo niño pequeño le tiende desde su cuna los bracitos a todo el que se acerca con una sonrisa. Nadie, ni los niños, ni los adultos, le teme a un niño recién nacido, nos podemos dejar abrazar por él. Desde niños podemos aprender en el Nacimiento que Dios está en medio de nosotros, que nos abraza a todos, que quiere estar con nosotros, que está con todo el que lo acoge. Se hizo uno como nosotros, para que nosotros podamos ser como Él.

Queridos todos, esa es la buena nueva de la Navidad, Dios está con nosotros. Él sostiene siempre nuestra esperanza aún en lo más oscuro de la noche. Que esa presencia se traduzca hoy y todos los días en la alegría de los pastores, los Magos y todos los que lo han encontrado es mi mejor deseo en esta Navidad, junto con la bendición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

¡Gloria a Dios en el Cielo y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!           

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