Formación

Habla, Señor: II Domingo de Adviento (8 de diciembre de 2019)


Un hermoso poema que canta la fundación de un pueblo reza así: “Era el día de la Virgen, no era un día cualquiera”, y este Domingo no sólo es grande por ser el “Día del Señor”, sino porque coincide con el día de la Inmaculada Concepción de su Madre. Es un segundo Domingo de Adviento, en que la proverbial predicación del Bautista, “se subordina” a la memoria de la Madre del Restaurador Universal, del que todo lo ha salvado y a todo le ha devuelto la pureza creacional del Padre.

La norma litúrgica, dispone que sea mañana el día en que celebraremos la Solemnidad de la Inmaculada, pero hoy nuestros corazones irán a la Misa pensando en una joven que está Embarazada, perdón, en la Madre embarazada, que en poco más de dos semanas nos dará a la Luz del mundo.

Primera Lectura: Isaías 11,1-10

Este es un cantar a la esperanza con el que el Señor quiere hacer renacer a su pueblo. La llegada del Mesías empieza a brotar de un “viejo tronco”; el Profeta describe al Ungido como alguien lleno del Espíritu Santo que lo dota de sus virtudes: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, piedad y temor de Dios (obediencia, amor, respeto a Dios). Estas virtudes lo dotan de una capacidad para ejercer su misión de un modo ejemplar, sus juicios son justos, porque no se deja influenciar por las apariencias, ni llevar por los chismes o falsos testimonios; atenderá con solicitud las justas demanda de los débiles y con equidad dictaminará sentencia a los pobres. No será el látigo de cuero, ni la espada de David los que acabarán con la violencia y la impiedad, sino el aliento y la palabra que salen de su boca. Será un Juez sin mazo ni toga, porque su fuerza y potestad son la justicia y la fidelidad.

Instaurará un tiempo de paz que no se reduce a la ausencia de la violencia, sino que su divisa será la armonía y concordia universal: El lobo vivirá junto al cordero, la pantera dormirá junto al chivito, el ternero y el león comerán juntos y más aún, quien les dará de comer es un niño. La vaca y la osa compartirán el alimento y el cuidado de sus crías. Desaparecerá para siempre el miedo, el veneno y la traición, al grado que los niños jugarán en la cueva de las víboras.

Ese día el troco de Jesé “será un árbol frondoso” bajo el cual toda la humanidad vivirá en paz y contemplará la gloria del amor de Dios, que ya está echando sus “yemas” y que florecerá en Navidad.

Segunda Lectura: Romanos 15,4-9

Para Pablo el fin de las Sagradas Escritura es claro: la formación de la persona según el sueño creador del Padre. La Palabra, no enarbola una esperanza inconsistente, sino que la arraiga en la paciencia y el consuelo que ella misma da a quien la escucha.

Como es característico en el Apóstol, expresa a los romanos su entrañable deseo que, Dios que es fuente de toda paciencia y consuelo les conceda vivir en armonía conforme al espíritu de Cristo, para que en comunión de corazón alaben al Señor. Al mismo tiempo les aconseja que se acojan unos a otros como el Señor, los ha acogido a ellos.

Cristo es el modelo de servicio y el rostro de la fidelidad y la misericordia de Dios para con el Pueblo de la promesa y para con todos los pueblos de la tierra.

Evangelio: Mateo 3,1-12

Un personaje irrumpe en la Historia de Salvación y, pese a no ser enigmático, parece haber una contradicción entre su llamada profética y el lugar escogido para la predicación: llama a todos a la conversión, sin embargo, en vez de hacerlo en el Templo o en alguna plaza de la época, elige el desierto. La razón es sencilla, sabe que la conversión es una gracia de Dios, pero conlleva un sacrificio personal; hay que dejar la comodidad que suele dar lo cotidiano o rutinario, es necesario salir del ruido ambiental e interior para escuchar algo nuevo y verdadero.

Para Mateo, Juan es la persona a la cual, en siglos pasados, se refería el profeta Isaías, la voz que clama en el desierto e invita a preparar el camino del Señor y a enderezar sus senderos. Su predicación estaba acompañada por un signo que abalaba la conversión de los oyentes: el bautismo.

La fuerza de su voz caía con todo su peso, sobre aquellas personas que pertenecían a los grupos bien acomodados política y religiosamente: los saduceos y los fariseos; los recrimina que, no basta presumir con ser de la casta sacerdotal, tener influencia social, o creerse mejores que los demás (Lc 19,9-14), es necesario producir obras de conversión; no alcanza con confesar la fe, es preciso vivirla.

Si para Mateo es claro que Juan es la voz que clama en el desierto, para el Bautista es claro el alcance limitado que tiene su misión: Él bautiza con agua como señal de conversión; pero el viene después de él, es el verdaderamente grande y quien los bautizará en el Espíritu Santo y con fuego, para el perdón de los pecados.

Dejemos pues, el bullicio cotidiano y salgamos al desierto a escuchar la voz de Dios que apela a nuestra conciencia y corazón llamándonos a la conversión y al seguimiento.

© 2015 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Todos los derechos reservados