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La eficacia de lo pequeño

por Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández-Fontecha

Fotógrafo Daniel Estévez

Arquidiócesis de La Habana, La Habana, 1ro. de septiembre de 2019: Monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, arzobispo de La Habana, es un hombre sencillo, un sacerdote de pueblo, amigo de trabajadores del campo, amas de casa, macheteros, mecánicos o choferes. Una mañana a la semana se va a un hogar de minusválidos y enfermos mentales para ayudar a bañar y repartir desayuno. Una madrugada a la semana reza el Rosario, como parte de una antiquísima devoción mariana. Le gusta irse de misión adonde la gente no sabe qué es un obispo, para que se enteren de que Dios los acompaña desde antes que su madre decidiera no abortarlos y que cuando se enseña el perdón y la fraternidad, se accede a ese Dios que los ama y los cuida, sobre todo si aprenden a hablarle como lo harían a un papá.

La palabra Cardenal viene del latín “cardium”, que significa “corazón”. Un Cardenal es entonces un católico a quien el Papa acoge como miembro del Corazón de la Iglesia, por tanto, de la comunidad que se ocupa junto al Santo Padre de reunir y dar curso a los sueños, frustraciones, gozos y esperanzas de todo el pueblo cristiano del mundo, para que la Iglesia sea la casa de todos, su fortaleza y remanso, el motivo para seguir adelante a pesar de toda dificultad: es decir, la comunidad que gobierna la Iglesia junto al Papa.

Jesucristo confió el gobierno de la Iglesia a Pedro, ayudado por a aquellos sencillísimos pescadores, junto al lago de Galilea, hace dos mil años. El Sucesor de aquel Pescador de Galilea ha llamado a Mons. Juan de la Caridad, para “que lo ayude en el gobierno de la Iglesia, y para el bien de toda la Comunidad Cristiana”.

Monseñor Juan de la Caridad es, a su vez, un obispo de una Iglesia pequeña y pobre, que se abre camino a trancos, en medio de una realidad difícil en lo económico, político y religioso,  en la que abundan los bloqueos en mentes, corazones, leyes y  estilos de gobierno, dentro y fuera de una isla que tiene vocación universal, y que hoy sigue buscando maneras de abrirse al mundo y cuyos ciudadanos siguen buscando cómo ser protagonistas de su propia vida personal, familia y social, con unas cuotas de creatividad que desafían cualquier límite.

En esta realidad la Iglesia en Cuba reúne en Misa dominical a menos del 3% de la población, aunque al menos de la mitad se confiesa católico o simpatizante con lo católico. La Iglesia en Cuba no tiene colegios, universidades, periódicos, emisoras o centros asistenciales que le ayuden a tener una presencia social masiva. Sin embargo anima cientos de pequeñas comunidades en casas de familia allí donde no hay templos, atiende a miles de niños y jóvenes en formas complementarias de educación o a miles de ancianos que necesitan compañía, alimentos y ropa.

¿Qué significan esos pequeños esfuerzos ante tantas necesidades? ¿Qué significa la pequeña comunidad cristiana ante el avance masivo de religiones animistas basadas en el miedo, la desesperanza, el desarraigo y la fragilidad, también masivas? El Papa ha dado testimonio de que para Dios y su Iglesia lo pequeño es importante, más aún, es esencial. Por eso escogió a aquella gente sencilla de Galilea, a aquella Virgen indefensa o a aquel Obispo que casi nunca reía en público y lo trajo al Vaticano desde “el fin del mundo”.

¡Gracias Señor por la Iglesia que se afinca en la fuerza de lo pequeño! Y por el pequeño-gran Obispo Juan de la Caridad, que ahora ayudará a gobernarla en su dimensión más universal.

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