Formación

Habla, Señor: XV Domingo del Tiempo Ordinario (14 de julio de 2019)


Primera Lectura: Deuteronomio 30,10-14

Que Dios escribió sus mandamientos en dos tablas de piedras (Dt 5,22), es sólo un símbolo para decir que son perenne, en realidad, los puso en nuestros labios para que los enseñemos y los grabó en nuestro corazón para que los vivamos.

El primer mandamiento del Señor, tal como aquí se enuncia, no sale de la boca de Dios, sino de Moisés: “Escucha la voz del Señor que te manda”; este es el primer mandamiento (Dt 5,1) que hace posible vivir y enseñar a los otros diez. El mandamiento que aquí se da es uno sólo y consiste en un llamado a la conversión, de una vuelta al Señor, con todo el corazón y con toda el alma, es decir con toda la integridad de la persona.

El Señor tiene una delicada consideración con la humanidad a la hora de establecer sus mandamientos, no los pone altos ni lejos, sino en el corazón y en los labios para que se les pueda vivir. En una palabra, la Ley de Dios nos es algo ajeno a nosotros, y no solamente nos incumbe, sino que nos pertenece.

Segunda Lectura: Colosenses 1,15-20

Pablo no fue filósofo, sacerdote, ni teólogo: fue un obrero (Hch 18,3) de fe inquebrantable que por todos los medios buscaba la voluntad de Dios (Hch.26,5) que un día fue encontrado por Jesús y, que, desde entonces trató de presentarlo tal cual fue su experiencia. En este hermoso -quizás un tanto denso-  Himno, que lo rezamos en las vísperas de todos los miércoles del año, el Apóstol, expresa quien es Jesús para él, quién es ese hombre que le sorprendió en el camino a Damasco y que para siempre le cambió la vida y la razón para vivir.

En ningún momento podrá en crisis el mandamiento de Dios: “No te harás escultura ni imagen alguna… (Éx 20,4), sino que lo va a iluminar diciendo que, en la persona de Jesús, el mismo Señor y Creador del universo nos revela su imagen; a la vez dejará claro que no hay distinción entre la persona del Creador invisible y la de Jesús: “todo fue hecho por Él y para Él. Él existe ante de todas las cosas y todo tiene consistencia en Él”, en una palabra, todos los seres tienen vida en Él.

También nos deja otra clara enseñanza, que no sólo, no la podemos perder de vista, sino integrarlo en nuestras reflexiones, diálogos y comentarios: la cabeza de la Iglesia es Cristo y nadie más, y que, desde Pedro, piedra sobre la cual Cristo edifica su Iglesia (Mt 16,18), para acá, sólo existen pastores llamado a alimentar el rebaño el Señor (Jn 21,15-17).

En la persona de Jesús, en su sangre derramada en la cruz, quiso Dios, reconciliar consigo a toda la creación y darle la plenitud de la paz.

Evangelio: Lucas 10,25-35

Si el Autor de la Carta a los colosenses, tuvo lucidez meridiana para decir quién es la imagen del Señor y Creador, Jesús con está parábola nos presenta la imagen y conducta cotidiana de aquel que es su verdadero discípulo.

Resulta interesante que el “pie forzado” que puso a “cantar” a Jesús esta parábola, haya sido una pregunta de muy “mala espina”; el Señor conociendo la intencionalidad, le pudo haber respondido: “la vida eterna no se consigue, es un don del Dios para con sus hijos”; sin embargo, hizo de ésta, una oportunidad para revelar las entrañas libres y misericordiosas de Dios frente a la injusticia y al sufrimiento que padecen las personas.

Jesús, apela al conocimiento teórico que el doctor de la Ley tenía de ella, por lo que leemos en la respuesta no era un “doctor improvisado”, conocía bien las Escrituras y sabía cuándo y cómo era acertado y prudente unir dos pasajes de ella (en este caso une Dt 6,5 y Lv 19,18), Jesús, citando también al libro del Levítico le dará una respuesta lacónica: “Haz eso y vivirás” (Lv 18.5).

Al sentirse en ridículo, el doctor de la Ley, para justificarse finge una aparente ignorancia, digo aparente, porque es muy posible que, dado los personajes de la parábola, ignore el concepto de prójimo presentado por Jesús (para los judíos el prójimo era el familiar, el vecino, el del mismo linaje).

Los personajes de la escena son un hombre herido de muerte, unos malhechores ausentes, un sacerdote, un levita y un extranjero (que según el concepto judío no era prójimo). Resulta interesante el orden en que van pasando estos personajes, el primero es el sacerdote, el mediador entre Dios y la humanidad, lo ve e indolentemente sigue su camino, el segundo en pasar es un levita, que era la persona encargada de preparar las condiciones para el culto, lo ve y hace lo mismo, el tercero, un samaritano, que, según los judíos nada sabían de Dios ni de su Ley.  

En el Sermón de la montaña (Mt 5,17-19), Jesús afirma que Él no vino a abolir a la Ley ni a los Profetas, sino a llevarle a su plenitud, pues al relatar esta parábola, está plenificando a una Ley rígida, inflexible esculpida en tablas de piedra e interpretada con un corazón indolente; Jesús le pone un rostro humano, con un corazón sensible, manos serviciales y espíritu generoso. Este modo de ver y vivir la Ley el “Doctor”, el sacerdote y el levita de la parábola lo ignoraban; por eso, el primero da una respuesta memorizada de la Ley y los otros dos desatienden al herido. Pero el Samaritano que quizás haya sido un ignorante en relación a los mandamientos entregados a Moisés en dos tablas de piedras, lo tenía grabado con el fuego del amor en los más profundo del corazón, de allí su compasión y actuación.

La parábola tiene como “prólogo” el mandato del libro del Levítico: “Haz eso y vivirás” y como epílogo la experiencia del que hizo eso, dio vida al prójimo; el Señor lo pone como luz e imperativo para todos los que queremos gozar de la vida eterna: “Anda y haz tú lo mismo”.

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