Formación

Habla, Señor: Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (23 de junio de 2019)


Primera Lectura: Génesis 14,18-20

Siempre presentamos a Abrahán como el hombre obediente a Dios hasta el extremo, pero aquí, el relato nos ofrece una faceta de su vida poco destacada: el amor a su linaje y su sumisión a la institución divina. Al enterarse que el pueblo de Sodoma y Gomorra fueron derrotados, saqueados y que Lot, su hermano, fue llevado en cautiverio, se organiza y sale a liberarlo (VV 11-16); una vez lograda la victoria y con ella la liberación del pueblo y el rescate de Lot, va en busca de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. En este encuentro se da la ofrenda que atraviesa los siglos y que la hacemos memoria en la liturgia (Plegaria Eucarística I). También aquí se nos ofrece otras dos virtudes de Abrahán que poco solemos considerarlas, el desapego a los bienes materiales y el principio de justicia: no acepta nada de lo que ha conquistado, sin embargo, sí lo que en justicia corresponde a quienes cooperaron con él para conseguir la victoria (VV 21-24).

Esta ofrenda, cantada por el salmista y destacada por el Autor de la Carta a los Hebreos, desde los albores de la Iglesia, fue enriquecida por la enseñanza de los Santos Padres que vieron en ella la figura del sacrificio eucarístico que hoy celebramos.

Segunda Lectura: 1 Corintios 11,23-26

Esta es la versión documentada de la Última Cena más antigua; Pablo, con un solemne respeto que roza lo escrupuloso, manifiesta que estas palabras que a él les fueron transmitidas, pronunciadas por el mismo Jesús durante su Última Cena pascual. Asimismo, enfatiza el mandato del Señor que de allí en lo adelante ha de celebrase en memoria suya y que cada vez que se haga se estará anunciado su muerte y animando la esperanza de su venida gloriosa.

Las palabras pronunciadas por el sacerdote durante la consagración, no sólo son las palabras dichas por Jesús, sino que, es el mismo Señor quien las pronuncia por boca de su ministro y la aclamación pos consagratoria es la confesión de fe de toda la Iglesia, que alegre en la esperanza aguarda la vuelta de Señor y Salvador.

Evangelio: Lucas 9,11-17

Jesús anunció en Reino de Dios con gestos, hechos, palabras y a veces, con una dosis de picardía para despertar a sus discípulos, este pasaje nos pinta a “cuerpo entero” esta realidad.

Los apóstoles acaban de llegar llenos de alegría por su exitoso “debut” en la misión, el Señor después de escucharle, los lleva a un lugar apartado de Betsaida; Lucas, a diferencia de Marcos que señala que es para descansar (Mc 6,31), no menciona la razón. Dado el contexto uno puede abrir un amplio abanico de posibilidades que motivan este alejamiento; quizás el descanso, como dice Marcos, o alejarle de la tentación del existimo que trae aparejado a la vanagloria y con ella el vaciamiento interior, y porque no decir, sospechando de las intenciones de Herodes. Sea cual fuera la razón, son seguidos por la gente con hambre, hambrienta de la Buena Noticia, hambrienta de toda clase de salud (física, espiritual, psíquica y moral), y también hambrienta de pan, arroz, azúcar, carne y frijoles.

El Señor que no se esconde, sino que siempre se hace el encontradizo, se deja encontrar por la gente y con palabras y hechos concreto, acaba con su hambruna: les habla del Reino de amor y de la vida, pero no se queda en las palabras, sino que les dedica todo el tiempo necesario y cura a los enfermos.

Al caer la tarde, los discípulos, que venían de realizar una misión extraordinaria, sucumben ante tentación de la racionalidad que no se deja iluminar por la providencia y la gracia de Dios, y tientan al Señor: “Despide a la gente que vayan a los pueblos y caseríos de alrededor a buscar alojamiento y comida porque aquí estamos en un despoblado”. La respuesta de Jesús, es de una “espuela estrellada” que no sólo pone a correr a los caballos, sino también a las personas más indiferente o reacias a aceptar una realidad: “Denles ustedes de comer”. Fue todo lo que dijo, pero dijo todo. Allí empezó el “contrapunteo”: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados a menos que vayamos y compremos comida para toda esta gente”. Lucas tiene la capacidad de plasmar en sus “pinturas”, esos matices de calma que abren el camino a la paz, y esta es, la palabra de Jesús: “Hagan que se recuesten en grupos como de cincuenta”, que es una forma de decirles: “Serénense y hagan que la gente se serene”.

Después que los discípulos hicieron lo que Él les dijo, Jesús tomó los panes y los pescados, miró a los ojos y al corazón de su Padre, bendijo la “mesa” y se los dio a los discípulos, para que ellos sean los que acabaran con el hambre de su pueblo. La acción de Jesús y la cooperación de sus discípulos acabaron con el hambre de esa gente y sentaron las bases de la abundancia para que, entre los hijos de Dios, nunca, jamás exista ningún tipo de hambre.

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