Formación

Habla, Señor: Solemnidad de la Ascensión del Señor (2 de junio de 2019)


Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 1,1-11

Los escritos de Lucas derrochan ternura, misericordia, alegría… Inicia su segundo libro evocando al “querido Teófilio”, esa personalidad que supera lo mítico y que tanto a dado que hablar, si fue una persona concreta, una comunidad, o somos todos nosotros los amigos de Dios, los amados de Dios.

La Ascensión. Este encuentro postrero, acontece en un día cualquiera, pero en un lugar concreto y muy apreciado por Jesús: la mesa fraterna. Allí le hará dos mandatos: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre” y una promesa inminente, “dentro de pocos días serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Es una mesa cargada de ansiedad en la que los discípulos esperan una respuesta a una ilusión equivocada: la restauración mesiánica temporal de Israel, que es lo mismo que decir, la restauración humana y violenta, que nada tiene que ver con el reinado de Dios, anunciado por Jesús como una realidad ya presente (Mt 4,17). La respuesta del Señor es lapidaria, que en una versión vulgar la podemos traducir así: “No se metan en lo que no les corresponde, hagan lo suyo que Dios hará lo propio”. Pero después del regaño viene el consuelo, con el consuelo la fortaleza y con la fortaleza la misión de ser sus testigos.

“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes los llenará de fortaleza y serán en mis testigos…” ¿Qué concepto de fortaleza habrá tenido Jesús a decir esto? Quizás en esa potencia que permite vencer el dolor, los miedos y sobreponerse a las imprudencias; o tal vez, en aquellas edificaciones invulnerables que sirven de defensa para todo el pueblo, o es posible que haya pensado en las dos acepciones. Sea cual fuera, el concepto dice “los llenará”, es decir, los va a dotar de una gracia desbordante que los hace pacientes, osados, prudentes e invulnerables. La Iglesia, nos enseña que el don de fortaleza es “la virtud para seguir nuestra vocación incluso frente a sufrimientos, desafíos, tentaciones y peligros”.

Al empezar su misión, Jesús afirmaba: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la Buena Nueva a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Este mismo Espíritu es quien ungirá a los discípulos y los consagrará como testigos de Jesús, misión que comenzará en el Cenáculo y no encontrará fronteras hasta llegar a los confines de la tierra.

Dicho esto, el Señor se fue elevando al cielo, y cuando, la tristeza o la nostalgia quiso apoderase del corazón de los discípulos “dos hombres vestidos de blanco”, quizás los mismo que anunciaron a las mujeres la resurrección del Señor, les consuelan y animan: Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. Volvió y hoy está vivo entre nosotros como Hermano, Amigo y Salvador.

Segunda Lectura: Efesios 1,17-27

El pasaje podemos dividirlo en dos partes: la primera (1,17-19) es un deseo que se vuelve plegaria. La segunda (1,20-22) es una lección: en qué consiste la gloria y la supremacía de Cristo.

  • Primera plegaria: El Señor los conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que los permita conocerlo
  • Segunda plegaria: Que le ilumine los ojos del corazón para conocer cuál es la esperanza a la que somos llamados, la gloria otorgada a su pueblo. Y cuál es la excelsa grandeza de su poder para con nosotros.

La segunda parte se detendrá a explicar que la resurrección, la ascensión y la supremacía de Jesús sobre toda la creación manifiestan la gloria de Dios, que, en la persona de Jesús, ha vencido a la muerte y a todo lo que se oponga al designio misericordioso de Dios.

Evangelio: Lucas 24,46-53

Con justa razón llamamos a Jesús, “el Maestro”; aún en pañales, puso a enseñar a dos viejos, uno a sus padres y la otra a todo el pueblo. Siendo un adolescente “dictó una clase magistral” a los maestros y doctores de la Ley; y siendo ya adulto de Galilea a Galilea no dejó de enseñar a sus discípulos. Enseñó desde el pesebre hasta la cruz, ahora en el momento de su ascensión recuerda y confirma lo que sobre Él anunciaron los profetas y que Él ya lo ha vivido: “El Cristo debía padecer y resucitar al tercer día”.

Este anuncio profético, aludido en más de una oportunidad por Jesús y resistido por Pedro ya fue consumado, ahora es el momento de anunciar en su Nombre. Este anuncio, que los discípulos son los primeros y privilegiados testigo, es una Buena Nueva que alcanza a todas las naciones del mundo, es un llamando a la conversión para el perdón de los pecados. 

Ser testigo no es una misión sencilla, no alcanzan los sentidos y la palabra, siempre se “escapa o queda algo en la sombra”, se necesita de una gracia particular; por eso Jesús les promete el Don supremo: el Espíritu Santo, el será el ropaje que no sólo cubrirá a los discípulos, sino que empapará sus corazones y vidas para dar un testimonio verás y creíble.

Si antes decíamos que, con razón, reconocemos a Jesús como “el Maestro”, es justo que lo reconozcamos como “el Señor de la alegría”. Su descenso del cielo al encarnarse fue un llamado a la alegría, aún en el vientre de María, hace saltar de alegría a otro niño que también está en el seno de su madre, y a su madre, le hace cantar de gozo la grandeza del Señor. En el pesebre fue un gran gozo para los pastores y los ángeles dan fe de que fue “un gran gozo para todo el pueblo”. Cuando grande enseñó que hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por muchos que no necesitan convertirse, devolvió la alegría a la “Viuda de Naín”, a la Magdalena… y qué decir de la alegría de aquel padre cuando vio regresar a su hijo. Llenó de alegría a sus discípulos al verlo resucitado. Hoy en su Ascensión, bendice a sus discípulos, y al igual que a aquellos pastores de Belén, le hace regresar a Jerusalén “con gran gozo”.

Estos mismos discípulos que pocos días atrás llenos de tristeza huían de Jerusalén, regresan allí y llenos de alegría para bendecir a Dios eternamente.   

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