Queridos hermanos y hermanas, hoy, en el mundo cristiano, iniciamos la celebración de la Semana Santa y, por tanto, rememoramos y actualizamos los mismos acontecimientos vividos por Jesucristo en la ciudad de Jerusalén, donde –un día como hoy– fue acogido y aclamado con gozo como Rey e Hijo de Dios. Días más tarde –el jueves– compartió con los Apóstoles la Última Cena y, poco después, fue traicionado comenzando a vivir una sufrida pasión que concluyó la tarde del viernes, cuando, al ser condenado, murió crucificado. Después de un gran silencio vivido el sábado, llegó el amanecer “del primer día de la semana”, es decir, el domingo, cuando ya Resucitado, Jesús se aparece al grupo de sus discípulos para compartir el triunfo de la vida sobre la muerte, de la verdad que acalla a la mentira, del amor que supera al odio, del perdón que vuelve a congregar y devuelve la alegría a cuantos lo habían abandonado.
En esta ocasión, queridos hermanos y amigos que escuchan este mensaje radial, quisiera fijarme especialmente, en ese momento en el que Cristo se re-encuentra con el grupo de sus discípulos que, después de la alegría vivida una semana atrás, cuando entró en la ciudad de Jerusalén y fue recibido con cantos y alabanzas, tal como hacemos hoy en nuestros templos y casas de misión, comenzó a vivir unos días intensos de una mayor intimidad con aquellos a quienes, desde lo profundo de su corazón, les llamó “amigos” (Jn. 15,15), con quienes comió la Cena Pascual , a quienes les lavó los pies para dejar en ellos grabada la huella de “hombre servicial” e invitarlos a vivir en amor fraterno. Y, a la misma vez, sufrir lo más duro y difícil que, moral y físicamente, puede vivir el ser humano: la mentira, la traición, el abandono, la negación, la injuria, la ofensa hecha calumnia y violencia, hasta llegar al momento culminante de morir crucificado.
El Evangelio nos enseña que, en el tiempo que transcurrió entre el momento en que lo clavaron en la cruz y el de su muerte, Jesús pronunció siete palabras. En este mensaje, que quisiera entrara a lo más hondo de cada uno de ustedes, queridos amigos, repito solamente tres de esas palabras:
“ Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc.23,34)
“Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn. 19,26)
“Todo está cumplido” (Jn.19,30)
Esas últimas palabras pronunciadas por Jesús nos indican que Él era consciente de haber venido al mundo con una misión que el Padre Dios le había encomendado. ¡Y esa misión la vivió hasta sus últimas consecuencias!, pero, antes nos dejó un extraordinario testimonio de amor hecho ternura y de amor hecho misericordia cuando, fijándose en Juan, su discípulo más joven y más fiel que estaba al pie de la cruz, le dijo a María, su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, como diciéndoe: “quiérelo como me has querido a mí”. Y, mirando delante de él a la turba que lo condenaba, entonces se dirigió al Padre para decirle: “perdónalos, son pobres de corazón, no saben lo que dicen ni lo que hacen”.
Lo que dijo Jesús en la cruz lo puso en práctica –Él mismo–, tres días después, cuando se encontró con sus discípulos y, aunque el Evangelio no lo diga,–junto con Él y junto con ellos– seguramente estaba María, “a quien (Juan) había llevado a su casa” (Jn. 19,27).
¿Y qué pasó en ese encuentro?. Lo explica el Evangelio de manera muy sencilla. Ellos tenían miedo y estaban con las puertas cerradas y, de pronto, Jesús Resucitado se puso en medio de ellos y les comunicó dos cosas: “Tengan paz” (Jn. 20,20) … “Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20,22).
A ti, querida hermana o querido hermano, que me escuchas, enfermo o ya anciano, adulto o joven, creyente o no, cristiano de otra iglesia o denominación o, también, miembro de otro grupo religioso, te invito muy cordialmente a que pienses en tres regalos que Jesús nos hizo en la Cruz y desde la Cruz : una madre: María, que nos hace hermanos; la presencia del Espíritu que hace que seamos hombres y mujeres espirituales, y, la experiencia de tener paz interior, serenidad en el alma.
Todos necesitamos salud corporal y, por eso, nos alimentamos, vacunamos, cuidamos. Necesitamos bienestar y, para eso, trabajamos, nos sacrificamos, preocupados los unos por los otros. Pero también necesitamos vida espiritual y, para eso, rezamos, nos esforzamos por vivir la virtud, respetamos a toda persona como criatura de Dios, participamos en la vida de una comunidad cristiana.
Aquellos hombres y mujeres que estaban reunidos cuando Jesús Resucitado se les presentó necesitaban “paz de corazón”, al igual que la necesitamos nosotros hoy. Ellos también –al igual que nosotros– necesitaban experimentar “la presencia del Espíritu de Dios”.
Hace pocos días, estando de visita en una casa de Velasco, conversábamos sobre todo cuanto acontece en nuestro entorno y, específicamente, cuando surgió el tema de los temblores de tierra, una mujer me dijo: “¡qué pena que haya personas que lo interpretan como castigo de Dios!, y, a continuación, añadió: “todas estas cosas que acontecen son llamadas que Dios nos hace”. Centró mi atención la reflexión de esta hermana, y le pregunté: “¿Por qué Ud. hace esta distinción entre “castigo” y “llamada”?”. Y, muy respetuosamente, dijo: “Porque quien piensa que es un castigo es porque no ha descubierto la dimensión positiva de la cruz de Cristo”. Hice un breve silencio y le di las gracias.
Sí, queridos hermanos que me escuchan, para quienes creemos y confiamos en Cristo, el Hijo de Dios que se hizo hombre, “en todo semejante a nosotros menos en el pecado” (Hebr. 4,15), y que por nosotros murió en la cruz y resucitó, tenemos –ante los acontecimientos de la vida– una seguridad interior, una disposición espiritual que nos permite “levantar la mirada” (cf. Col. 3,1-4) para aspirar y buscar los bienes que no son solamente los de la tierra, los de este mundo, sino confiar totalmente en el amor que Dios nos manifiesta.
Esa experiencia de fe, de saber que Cristo vive y nos ama, nos permite a los cristianos leer la historia y cuanto en ella acontece, con otra mirada y, por eso, la historia no es para nosotros la suma o vivencia resignada de acontecimientos y situaciones que se van dando una tras otra, sino que Dios –Padre y Creador– ha depositado en cada ser humano la responsabilidad sobre todo cuanto existe: desde el don de la vida –a partir de la concepción y hasta su final– hasta el cuidado y preservación de la Naturaleza , ya que el medioambiente es la gran casa donde se cobija toda la humanidad. Para llevar adelante esta vocación, Dios nos ha dado su Espíritu.
Por eso, he querido comenzar la Semana Santa , explicándoles por qué cuatro palabras encierran un caudal de vivencias íntimas que integran la disposición con la que cada cristiano afronta la vida con compromiso y sentido social: cruz … María … paz … espíritu de Dios .
Me decía un sacerdote : “No es bueno solamente invitar a tener calma, sino exhortar a tener confianza en Dios y, a partir de esa confianza en Él, es de donde brota la calma”. ¡Esta es una gran verdad!. ¿Por qué Jesús Resucitado saludó a la comunidad pascual diciéndoles: “la paz sea con ustedes” ?. Porque Él estaba con ellos, estaba presente en medio de ellos. Fue lo mismo que le había dicho a Pedro, cuando éste gritó en alta mar al levantarse aquella inesperada tormenta: “¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!” (Mt.14,27).
¡Aquí radica la dimensión positiva de la cruz de Cristo!. La cruz es signo de victoria, motivo de confianza, seguridad de comprensión, garantía de perdón, certeza de fecundidad, fundamento de esperanza, … motivo permanente para confiar en Jesús, el Señor, quien murió en ella para darnos la salvación. Por eso, ¡qué bien hacemos cuando repetimos y vivimos la enseñanza martiana: “En la cruz murió el hombre un día, hay que aprender a morir todos los días en la cruz con Jesús”!.
A lo largo de estos meses, en muchos hogares han acogido y colocado la estampa de la Virgen de la Caridad. Ella quiso presentarse ante el pueblo cubano como verdadera Madre y , en sus brazos nos ofrece dos grandes regalos: nos brinda a su Hijo y, junto a Él, nos presenta su cruz. ¡Jesús es la meta y, como Él mismo dijera: la cruz es el camino para alcanzarla!. (Aprovecho esta oportunidad para informarles que, Dios mediante, a partir del próximo 11 de septiembre la imagen de la Virgen visitará las comunidades católicas de las provincias de Holguín y Tunas, iniciando el recorrido en Mayarí, por donde mismo hizo su entrada hace casi 400 años).
Ahora, en la Semana Santa , invocamos la gracia y bendición de Dios, diciendo: “Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. Lo hacemos para que, en medio de los acontecimientos que vivamos y de la incertidumbre que podamos sentir, tengamos la capacidad de afrontar la vida con fortaleza y serenidad ya que tenemos la seguridad y confianza de que por la muerte y resurrección de Jesucristo, Él nos ha dado el regalo de su “Paz” y de “su Espíritu”.
Les invito, queridos hermanos, a que en estos días de Semana Santa lean los Santos Evangelios para sentirse cerca del Señor Jesús. Hagan la señal de la cruz y recen las oraciones con devoción y confianza en el amor de Dios. Dispónganse a ir al templo o a la casa de misión para participar en las celebraciones comunitarias. Estén atentos para tener un gesto con quien afronta alguna necesidad. Guarden silencio respetuoso, especialmente el Viernes Santo, y, en comunión con la Iglesia Universal , compartan, el próximo domingo, la alegría de la Resurrección que sustenta la razón de nuestra verdadera Esperanza.
Que Dios les bendiga y les permita celebrar la Semana Santa con un profundo sentimiento cristiano [para, llegado el Domingo de Resurrección, en el amanecer del próximo 4 de abril, pedirle también al Señor de la Historia que bendiga, desde el signo glorioso de la Cruz colocada en lo alto de la Loma , a toda nuestra Ciudad, al celebrarse el 465 aniversario del Hato de San Isidoro de Holguín].
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