Mons. Luigi Bonazzi, Nuncio Apostólico de su Santidad el Papa Benedicto XVI en Cuba, hermanos obispos cubanos, queridos fieles.
Llenos de gozo y alegría, hemos venido en peregrinación a este Santuario Nacional desde muchos lugares de Cuba y de fuera de la Patria. Nuestro primer propósito es darle gracias a Dios porque la Virgen María , la Madre de Jesucristo, el Hijo de Dios, ha querido quedarse entre nosotros bajo el hermoso título de Nuestra Señora de la Caridad. Su presencia maternal nos ha acompañado a lo largo de nuestra historia, hemos experimentado su protección y amparo, y el hecho de reconocerla como Madre y Patrona de los cubanos, nos hace sentir más hermanos de todos los que hemos nacido o habitamos en esta querida tierra que llevamos en el corazón.
Ella está presente en nuestra vida diaria de muchas maneras: su imagen está en el cuadro de la sala de la casa, llevamos su medalla en el pecho cerca del corazón, su estampa está en nuestro bolsillo, en la cuna de nuestros hijos, junto a la embarazada o en la cama del enfermo, en los altares de nuestras iglesia y casas de oración, y, de manera privilegiada, está en el corazón y en los labios de nuestros mayores que, con su oración, le piden a Dios por intercesión de la Virgen para que nos cobije bajo su manto, nos bendiga y nos aparte del mal.
Pero es aquí, en El Cobre, delante de su bendita imagen, donde se siente de manera casi física el latir del corazón creyente del pueblo. Porque Ella congrega por igual al trabajador del campo y al científico, al deportista y al estudiante, al artista y al hombre sencillo, al que vive en Cuba o lejos de la Patria , a la madre que sufre por el hijo enfermo o preso y a la que se alegra por el éxito de los suyos. Cuando venimos al Cobre a encontrarnos con la Madre , a traerle nuestras ofrendas, nunca lo hacemos solos, siempre peregrinamos acompañados de la familia, los amigos y la Patria porque los llevamos dentro del corazón para ponerlos en manos de María. Y, ante ella, el egoísmo y el individualismo se desvanecen y brota la súplica confiada y la petición solidaria.
Agradecidos por este regalo de Dios para con nosotros, hoy en este Santuario del Cobre, iniciamos las celebraciones por el Cuarto Centenario del Hallazgo y Presencia de su bendita Imagen. Este acontecimiento ocurrió hace 400 años, en 1612, cuando dos indios de la región central de Oriente, Rodrigo y Juan de Hoyos, y un pequeño negro esclavo del Cobre, Juan Moreno, encontraron en la Bahía de Nipe, una pequeña imagen de la Virgen María flotando sobre las olas del mar, estaba encima de una tabla donde se leía “Yo soy la Virgen de la Caridad ”. Ellos, llenos de asombro y devoción, la llevaron consigo. Eran hombres de fe, sabían que la imagen hallada era de la Virgen María, Madre de Jesucristo. En ese sencillo acontecimiento, la Virgen María , la Madre de Jesús, se hizo presente, casi de manera milagrosa, entre nosotros, marcando la religiosidad del pueblo.
Hermanos y hermanas, hemos escuchado las lecturas de la Biblia que la Iglesia nos ha propuesto hoy para que las meditemos en el corazón y las pongamos en práctica En la primera lectura vemos como Moisés invita al Pueblo de Israel a cumplir los mandamientos de la Ley de Dios, de esa manera correspondían al amor que el mismo Dios les había mostrado. Estos mandamientos traían consigo responsabilidades y obligaban a vivir con rectitud y justicia, pero también eran un camino seguro de felicidad y de convivencia fraterna. La respuesta firme del pueblo no se hizo esperar: “Haremos lo que Él nos diga”.
La Virgen María es hija del pueblo de Israel, ella es ejemplo de la mujer fuerte de fe a toda prueba, que nos habla el Antiguo Testamento. A María la conocemos por la Biblia , por la tradición de la Iglesia y por la devoción que los cristianos de todos los tiempos le hemos profesado. En el Evangelio de Lucas hemos escuchado las alabanzas que el Ángel Gabriel le dirige a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo... No temas….has encontrado el favor de Dios”. A su vez, la prima Isabel, llena del Espíritu Santo la saluda diciéndole: “Bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Dichosa tu, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Ella es doblemente bienaventurada porque, además de ser la llena de gracia, la elegida por Dios, es bendita y dichosa porque ha creído. Por eso decimos que María es la primera cristiana.
El pueblo creyente y fiel, consciente del significado de estas palabras y de la singular relación de Dios con María, recogió estas hermosas palabras de la Biblia y compuso la sencilla y bella oración del “Ave María”, con la que todos la aclamamos diariamente
Dios quiso contar con Ella para salvar a los hombres y mujeres de todos los tiempos. El Evangelio de Lucas nos sigue narrando el momento en que el ángel le dice a María que Ella ha sido elegida para ser la madre del Hijo de Dios. A pesar de las dudas iniciales, la respuesta es de aceptación radical a la voluntad de Dios: “que se haga en mí según tu palabra”.
Sí, hermanos, de la misma manera que el pueblo de Israel al principio de su historia le dijo “Sí” a Dios, María, heredera de la fe de aquel pueblo, también lo hizo; y así, cada pueblo o nación, cada generación, cada hombre o mujer, cada uno de nosotros, ante la llamada de Dios a seguirle, a hacer el bien, debe responderle. Debemos considerar entonces qué respuesta le daremos a Dios: si le rechazamos, con todo lo que esto significa, o si le aceptamos en nuestra vida.
La Virgen de la Caridad , nos presenta a Jesús en sus brazos como si nos lo entregara, como invitándonos a cada uno de nosotros a responder a Dios con confianza “Haremos todo lo que Él desea”; tal como Ella y el pueblo de Israel hicieron. Y lo que Dios desea es que conozcamos a su Hijo Jesucristo, nuestro Único Salvador, que es el camino, la verdad y la vida.
Por eso, al mirar la pequeña y querida imagen de la Caridad , con sus brazos abiertos en señal de acogida, en los que nos muestra a su hijo Jesús y a la cruz donde Él nos alcanzó la salvación, estamos conscientes que no adoramos a una diosa o a un ídolo. Veneramos a María de Nazaret, a la mujer sencilla, creyente y humilde de quien nos habla el Evangelio, la escogida por Dios de manera muy singular para ser la Madre de su Hijo y a la que el pueblo cubano venera con el hermoso nombre de “ La Caridad ”.
Madre de la Caridad , tú nos invitas, como lo hiciste en las Bodas de Caná, a hacer lo que Jesús nos diga. Sabemos que tú eres un camino seguro para llegar hasta tú hijo Jesucristo. Condúcenos hasta El, ayúdanos a ser fieles discípulos suyos. Ilumina nuestro entendimiento para que descubramos que la vida comienza en Dios y termina en Él; que toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte, es importante, tiene sentido, por que Dios nos ha creado por amor. Llévanos de tu mano para que conozcamos las enseñanzas de Jesús. Enséñanos a orar con la fe firme, sencilla y decidida de aquellos antepasados nuestros que con admiración te recogieron del mar, te trajeron hasta estas lomas del Cobre y te construyeron un santuario, porque descubrieron que Tú, Madre, eras un regalo de Dios para ellos y para nuestro pueblo. Enséñanos a ser agradecidos, a dar gracias a Dios por todos los dones que hemos recibido de su mano.
Tú Hijo Jesucristo nos enseñó que debemos “amar a Dios por sobre todas las cosas y a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros”. Tú conoces, Madre, que somos débiles, que nos hemos dejado llevar por caminos que nos alejan de Dios y, por eso, nos hemos alejado también de los demás, que hemos hecho daño a otras personas, que hemos dividido a nuestra familia y esto afecta a todo la sociedad. Te pedimos decisión y voluntad firme para hacer siempre el bien. María de la Caridad alcánzanos de Dios el perdón por las veces que te hemos olvidado, por las veces que hemos creído que para conseguir algún bien o la justicia, debíamos apartarnos de ti y de Dios, echando a un lado sus mandamientos.
Tú conoces también, Madre, que, en el difícil y largo camino de constituirnos como pueblo y nación, en la búsqueda de la justicia y del bien de todos, ya sea por motivos personales, por confusión o por diferencia de criterios, nos hemos enfrentado cubanos contra cubanos, nos hemos descalificado y dañado los unos a los otros, creando un ambiente de desconfianza, rencor e intolerancia y muchas veces de violencia, que produce sufrimiento a todos. Te pedimos, Madre, que destierres de nuestros corazones el odio que crea enfrentamiento, el egoísmo que nos aísla de los demás y la soberbia de creer que sólo nosotros tenemos la verdad y la razón. Danos un corazón que se conmueva ante el sufrimiento de los demás, que nos lleve a darnos cuenta que todos somos hermanos, que todos juntos, sin exclusiones, debemos buscar un futuro prometedor y luminoso para nuestra Patria y para cada cubano. Ayúdanos, Madre, a entender que por encima de toda diferencia está la Caridad que es la única fuerza que nos puede unir. Hacemos nuestra hoy, Madre, la intención del papa Juan Pablo II, cuando en su homilía de Santiago de Cuba, puso a todos los cubanos bajo la protección de la Virgen al decir: “pidiéndole a Ella, Madre amorosa de todos, que reúna a sus hijos por medio de la reconciliación y la fraternidad”.
Enséñanos Madre, a ver nuestra realidad y a actuar con la confianza que tú tenías puesta en Dios. Esto nos hace mirar con ojos más claros las situaciones que nos ha tocado vivir personalmente o como pueblo. Al contemplarla así, descubriremos con asombro, el bien que El hace en nosotros, a través de nosotros y a nuestro alrededor, aún sin darnos cuenta, aún en medio del mal y esto, Madre nos llena de esperanza.
Tú supiste ver a Dios en la pobreza, pero también en las alegrías cotidianas de una familia como la tuya, siendo esposa de José, un humilde carpintero.
Tú, Madre, veías a Dios en muchos rostros tristes y preocupados de vecinos que ganaban poco dinero con mucho esfuerzo para mantener a su familia, pero supiste que algún día serían recompensados por Dios.
Tú sabías que el hacer la voluntad de Dios consistía en estar siempre dispuestos a servir a los demás cuando sufren y nos necesitan, en no pasar indiferentes ante el dolor de los otros. Por eso fuiste a ayudar a tu prima Isabel que estaba al llegarle el parto y te quedaste con ella.
En fin Madre, tú sentiste la presencia cercana de Dios en el peor momento de tu vida: en la muerte de su hijo en la Cruz. Allí conociste lo que es un juicio, una condena injusta, lo que es la mentira, el poder del mal que lo condenó. Sufriste en tu propia carne, los abusos y vejaciones a tu Hijo; al final, lo viste expirar en la agonía. Pero, desterraste el odio y uniste tu dolor al amor de tu Hijo y junto con Él, perdonaste y ensanchaste el corazón, y como confiabas en Dios supiste verlo también en Cristo Resucitado, vencedor del mal, de la injusticia, del pecado y de la muerte.
Madre de la Caridad , junto con los anhelos y esperanzas del pueblo cubano ponemos ante tu altar estas celebraciones que iniciamos hoy y que culminarán en el 2012. Te pedimos que sigas derramando desde esta Santa Casa, el Santuario del Cobre, gracias y bendiciones sobre todos los cubanos. |